1,976 sutras para mejorar tu indigestión.

Contra el empacho por la vida y la acidez del despertar, las imágenes de un sutra para alivianarte tu Dharma.

1.12.06

Sutra de látex

Llegado tu turno, tomas el revólver de la mesa y lo levantas, comprobando cuán frío y pesado te resulta. Tu mirada, hipnotizado, no puede despegarse del cañón mientras lo vas aproximando lentamente a ti, subiendo hacia tu pecho con tu mano crispada alrededor de la cacha. Mecánicamente te ves poner los dedos sobre el barril con cámaras vacías, salvo por una bala. Lo haces girar con energía, y éste, obediente, da varias vueltas antes de detenerse y quedar listo. El revólver se vuelve más pesado, o así te lo parece, mientras lo acercas a tu boca que se abre cansinamente; luego, a lo largo de un segundo que dura eternidades, jalas del gatillo con el filo del cañón rozando tu paladar. Un resorte se libera, oyes un chasquido que martillea en tu mente con un eco que no vas a olvidar. Y no pasa nada, esta vez no pasó nada.

Y hasta ahí llega mi escueto intento literario sin un Mike Hammer, que sirve más para hablar un rato de azares y probabilidad que para emular a la gran Aghata Cristie. Por eso, rescatando mi tentativa y con afán de serle cumplidor al inexorable karma, sigámonos con resignación hablado de probabilidad en algo que podríamos perfectamente llamarlo: un Sutra de látex.

SIDA, cuyo significado de las siglas ya probablemente conoces, es una enfermedad con una nula probabilidad de infección; es decir, nadie en la historia se ha contagiado ni se contagiará de SIDA, y si te dicen lo contrario, si bien podrían no intentar mentirte, por lo menos estarán siendo ampliamente imprecisos. El SIDA no se infecta de una persona a otra; el VIH, el bicho que lo causa, si.

El VIH es un virus de tamaño despreciable, que no aguanta que le cambien mucho la temperatura ambiente o que lo sometan al oxígeno ni al agua, porque entonces al tipo le da por morirse, en un contexto donde el único virus bueno es el virus muerto. Pero si no se muere, si no lo enfrías ni lo mojas ni lo oxigenas, entonces se reproduce felizmente por todo el organismo, tanto y tan tenazmente que causará grandes problemas en aquél que se haya infectado. La bronca más conocida es el deterioro del sistema inmunológico que nos protege de sufrir enfermedades, otras más puede ser ciertos tipos de locura cuando se aloja principalmente entre células nerviosas. Una vez que esto pasa, entonces, con los síntomas, a la persona le da SIDA; antes de eso, quien tenga al virus seguirá siendo una persona sana... aunque portador del VIH.

Los seres humanos somos grandes bioterios ambulantes donde coexisten en tranquila armonía bacterias, virus y las células de nuestros tejidos; la armonía entre estos organismos es equivalente a la salud. La enfermedad y el malestar vienen cuando ese equilibrio se rompe y alguno de entre ellos comienza a agandallar a los demás, y el VIH, cuando entra a formar parte de este ecosistema personal, es de los primeros revoltosos en causar estropicios por doquier.

Así que infectarse de VIH no es enfermarse, pero incrementa la probabilidad de llegar a estarlo.

La mejor manera de infectarse de VIH es mediante una relación sexual con alguien que ya esté infectado y sin protecciones de barrera, como el condón. Pero la cosa no acaba ahí. A la probabilidad de infectarse, una vez que hemos tenido sexo que implique una penetración, ya sea increíblemente placentera, regularzona, francamente mediocre o, de plano, algo que preferiríamos nunca comentar, se le suma la carga viral de la persona que está infectada, es decir, la cantidad de virus nadando despreocupadamente entre sus células; si tiene muchos virus, será más probable que alguno de esos se pase de contrabando al cuerpo de la otra persona. Otro factor es el nivel de salud del que no esta infectado: si esta persona fuma, duerme mal, come mal y hace todo cuanto sea posible por debilitar su sistema inmunológico, va a tener las defensas tan bajas que ante la posibilidad de infectarse, el virus puede encontrar hospitalarios carteles de bienvenida al nuevo organismo, vino de honor y bellas edecanes que le hagan sentirse como en casa. La suma de estos factores genera una alta probabilidad de ser infectados si le ponemos con alguien que sea portador de VIH, lo sepa él o ella, o no; lo sepas tú o no.

Existen muchas personas que viven con el VIH dentro de sus organismos y no se enteran, porque están sanos y no se han hecho la prueba, pero pueden infectar a otros por descuido o por negligencia.

Al contrario: si tienes sexo con alguien que es VIH Positivo pero esa persona tiene pocos virus en su sistema porque toma medicamento u otras razones, y además tu haces ejercicio, duermes bien, comes chido y llevas una vida saludable, entonces la posibilidad de que te infectes baja aproximadamente al diez por ciento de la probabilidad.

Algo mucho más bajo de lo que esperabas, ¿cierto?

Ahora que, ¿jugarías ruleta rusa con un revólver cargado tan sólo con una bala? La apuesta es grande, porque se va la vida de por medio.

Otras maneras de infectarse es mediante el plasma sanguíneo; cuida bien del tipo de sangre que te transfieren cuando te llevan a cirugía, no vaya a ser la de malas... Sin embargo, en México, hay un programa nacional llamado “Sangre segura”, que te garantiza que toda sangre que se maneja en los hospitales es sangre super checada, que no tiene VIH ni otras sorpresas igual de desagradables. Pero cuando compartes la aguja de un compa mientras el grupo se inyecta alguna droga, no hay garantías; el virus puede viajar en calidad V.I.P. desde las gotas de sangre atrapadas dentro del canal de la aguja.

Como sea, no sólo es el sexo, también es cómo lo haces. La probabilidad de que te infectes de VIH al bajarte por los chescos y hacerle el oral a tu compañero, o llevar tu lengua a explorar las húmedas cavidades ignotas de tu compañera, es baja; poco probable que pueda haber una transmisión del virus. Si lo haces de una manera más institucionalizada, aplicando al siempre entusiasta miembro A en el participativo orificio B, sin condón, además del riesgo de un embarazo, también te enfrentas a una probabilidad media de infectarte ent tanto que haya involucrada en esto una persona seropositiva, o portadora del VIH. Y al que de plano le va mal en las probabilidades es al chivito en el precipicio. El sexo anal es el que mayor riesgo presenta cuando se tiene sexo sin condón y con una persona que porta el virus, por las heridas que pueden, si bien no siempre, presentarse en la pared del recto, ano y todo lo que anda por ahí.

A todo este rollo, lo oficial seria decirte en seguida: ¡DEBES usar condón para protegerte...¡ ¡USA condón...¡ ¡Es tu responsabilidad para protegerte y proteger a los DEMAS¡. Pero no. Nadie puede obligarte a usar un condón, ni violentarte para que lo uses o chantagearte; no lo uses para cuidar de otros, que es loable, pero lo mas importante eres tú y por quien debes elegir. Si quieres usarlo, bien; si no quieres usarlo, también.

Parece ser injusto que debamos protegernos en el momento en que hemos decidido ser más vulnerables, poner barreras cuando más deseamos tocar al otro o a la otra; o que nos toquen. Así que no hay obligaciones... todo queda en mi decisión cuando yo tengo sexo, o en la tuya cuando tu tienes sexo; pero para decidir algo que, en efecto, es muy importante, procura recordar qué es lo que apuestas y échale un vistazo a tu futuro. Si crees que no tienes nada que perder al infectarte y ante la posibilidad de adquirir el SIDA, va. Si consideras que el vivir siendo portador de VIH no interfiere con tus proyectos a futuro, y que puedes seguir adelante con el virus a cuestas, entonces no necesitas usar un condón.

...y si decido no usarlo, mi pareja también podrá decidir no coger conmigo. No es nada personal.

Sangre de Storyteller

A lo largo de la escalera, los peldaños se sucedían ordenadamente, uno después del otro, consciente cada cual de su lugar y de su función inalienable. A él le gustaban las cosas así, tanto caos en éste mundo y tanta falta que le hace un poco de orden y estructura. Había dedicado su vida entera a hacer cumplir esa consigna cabalmente: orden y estructura. Ahora, que subía las escaleras hacia su apartamento, sabiendo con toda certeza que esa noche sería la última vez, dejaba a su memoria vagar a la deriva por los recuerdos de su vida, con una mueca de satisfacción colgada de su boca. Había hecho de sus hijos hombres con estructura, había creado una influyente empresa con estructura y había enseñado a sus empleados que ellos mismos eran parte de una estructura; igual que estos peldaños que ahora atrapaban su atención, había enseñado a cada quien que cada cual tiene su lugar y su inalienable función.

La primera batalla que de joven debió librar fue consigo mismo; jamás aceptó dejar que su mente fuese el potro desbocado que la mayoría de los seres humanos permite. Él también tenía fantasías, sueños de criaturas increíbles y magia que se enlazaban por sí mismas tejiendo historias irreales que a veces contaba, pero a diferencia de la gente débil, con el tiempo había sido capaz de dominarse y doblegar con su voluntad todos esos distractores. Los silenció para sujetar con perfecto dominio las riendas de su mente. Habiéndola dominado, supo el secreto para dominar también a los demás. Así se forjó una vida exitosa.

El final de la escalera le aguardaba, viéndole subir encorvado y crónicamente fatigado como quien lleva sobre sus hombros un lastre acumulado por el paso de las décadas. Con la diestra se ayudaba de la baranda empotrada en el muro, con la izquierda sujetaba un bastón negro como el ébano, terminado en un puño cerrado que un artista había tallado en asombroso detalle; invisible a la vista, pues la mano del anciano se cerraba sobre éste como la garra de un ave de presa. Su bastón golpeaba la duela de los peldaños con un ruido sordo que reverberaba al interior del edificio, sus zapatos le hacían coro, y no había otro ruido que rompiera ese eco monótono y persistente; era como el sonido de un reloj marcando las horas y los minutos, uno tras otro, como los peldaños de una escalera.

Usualmente los demás inquilinos le evitaban al escucharle cerca de su apartamento; con algún pretexto mal improvisado se daban la vuelta siguiendo por otro pasillo, o fingían haber olvidado algo y se giraban sobre sus pasos. Algunos eran más cínicos que otros, pero esta vez, al menos, nadie le evitaba; ahora estaba solo. Los otros hacía días que habían empacado y abandonado el edificio número 57 de la calle Cipreses; faltaba un día para que los contratistas llegaran con las demoledoras y los camiones de la constructora, era probable que casi nadie echara de menos lo que en pocos meses se convertiría en la más lujosa galería de cine de culto en el centro de la ciudad.

Casi nadie. Sus pies se posaron firmemente en el suelo de la segunda planta y se apoyó en el bastón lo mejor que pudo, su otra mano se rehusaba a alejarse del todo de la baranda. Ya casi no tenía aliento, la maldita escalera se volvía más dura cada vez y él cada vez mas viejo. Se detuvo, con los ojos entrecerrados hasta que su respiración se normalizó lo suficiente, lo cual le llevó poco más de diez minutos en la solitaria penumbra de la segunda planta; no había prisa, su hijo vendría a recogerle en hora y media para llevarle al asilo que eligieron para él. Ya todo cuanto necesitaba llevar estaba empacado, pero no deseaba partir. Había pasado los últimos años de su vida en este edificio, había comprado el apartamento 3 de la segunda planta con los restos de lo que quedó de la empresa que fue suya y que un día se repartieron sus hijos para echar a andar sus propias empresas. Guardaba una secreta curiosidad por conocer el éxito que habían logrado a partir de sus logros, los de él, suponía que habría sido uno grande, pero no se atrevería jamás a preguntar, se quedaría con la historia de su propio éxito contado sencillamente a medias.

Afuera, en la calle, empezó a llover tras un par de relámpagos que inundaron de un brillo azul la media luz del edificio. La lluvia en pocos segundos abatió salvajemente contra el ventanal de la entrada; por el escándalo que solía hacer contra el cristal, a veces parecía que en cualquier momento podría estallar en mil fragmentos. Nunca había pasado. El viejo solía decir que ese vidrio era lo más sólido de todo el edificio, mientras desde la segunda planta miraba embelesado los últimos haces del ocaso atravesando al transparente San Jorge y su Dragón que moría malherido por el filo de la espada. Un auto pareció frenar bruscamente sobre el asfalto, el rechinido de sus llantas le llevó a hacer una mueca de disgusto, lo cual no significó un cambio notable en el gesto pétreo de rostro.

Sobre la alfombra roja se ahogaba el sonido del bastón que pasaba frente a las puertas vecinas. Estaban cerradas, y por lo que a él concernía, siempre lo estuvieron. Nunca encontró a nadie en ese edificio que fuera lo suficientemente interesante como para justificar una charla con inversión superior a la de cinco minutos. Murmurando al respecto, mirando la alfombra más por el habito de esquivar las miradas que por la precaución de evitar un tropiezo. Abrió su puerta con una ligera presión del hombro; no veía el caso de cerrarla con seguros ahora que no había nadie más que él.

Se acercaba la media noche, la lluvia no parecía tener intensiones de amainar y el ruido esporádico de los autos irrumpía con violencia en el silencio. En ocasiones también sonaba un claxon, de repente una voz femenina solicitando un taxi, y esta vez, particularmente, incluso el sonido de cascos de caballo pasando ante el portón del número 57.

Frente a la puerta de entrada a su apartamento había un gran librero de pared a pared y de techo al piso, atiborrado de elegantes volúmenes de economía y finanzas absolutamente libres de polvo, esmeradamente cuidados. Eran sus libros, todos esos eran suyos porque él los había escrito. En cada ocasión que cruzaba la puerta de su apartamento, se detenía a mirar sus trofeos de una vida, a sus verdaderos hijos, como él los solía llamar. Unos pasos más, hacia adelante, giró sobre sí mismo para contemplar la estancia con la escasa luz que entraba desde el pasillo. Su vieja sala europea, sus tapices persas, sus jarrones florentinos, su pequeño santuario; los fue recorriendo con la mirada y mentalmente repetía una despedida para cada uno de esos objetos, sabiendo, muy adentro de su ser, que en realidad se despedía con nostalgia, de sí mismo.

Tres golpes le arrancaron su ánimo abstraído, el sonido había subido claramente por las escaleras, algo más ágil de lo que minutos antes él lo hubiera hecho, desde la puerta a la calle. Su hijo, no cabía duda. Súbitamente un nerviosismo le recorrió la espalda, hasta la nuca y la mano libre que, ahí, se rascaba los cabellos con cierta manía. Era su hijo. No le veía desde que se instaló para vivir en la calle de los Cipreses hacía treinta años, probablemente él había cambiado, probablemente a él le encontraría más viejo. Se vio a sí mismo en una imagen mental con la que se comparaba su aspecto hacía treinta años con el cansancio senil que tenía esta noche. Sintió pena de sí mismo, se reprochó haberse dejado envejecer y hacerse débil y frágil. Llamaron a la puerta de nuevo, entonces recordó que habían cortado la electricidad esa misma mañana, quizá para ejercer algo de presión contra los últimos inquilinos. Jamás relacionó que por ello el timbre no serviría. Llamaron una vez más: tres nuevos golpes contra la puerta.

Gritó algo lo más alto que pudo, a su edad no podía mucho, y jaló hacia sí un par de maletas que aguardaban cerca de la sala. Comprobó con una revisión visual que en realidad ya lo había empacado todo. Dejó escapar un suspiro largo y se dirigió hacia la ventana para cerrar las cortinas de un tirón. Seguía lloviendo y quien llamaba a la puerta, lo hizo una cuarta vez. Con su pulso incontrolable, acarició al gato gris con el que había vivido los últimos meses y éste se erizó sorprendido, sobre el puf en la que se encontraba, evidentemente muy poco habituado a las caricias. Cerró la llave de paso para el gas, comprobó a tientas que los apagadores de luz estuvieran efectivamente apagados y con gran esfuerzo, tiró de sus maletas hacia el pasillo, fuera de su apartamento. Se hizo dentro de éste la más completa obscuridad una vez que cerró la puerta; había olvidado su bastón recargado en el librero.

Llamaron a la puerta de nuevo, tres golpes con la misma cadencia pausada de las veces anteriores. Jaló su equipaje lo más de prisa que pudo y el ver las otras puertas le hizo pensar que detrás de ellas había apartamentos, a diferencia del suyo, completamente vacíos. No se detuvo demasiado en ello. Llegó al borde de la escalera y no supo como bajar con su equipaje; lo dejó ahí y empezó a bajar sin el. Había la silueta de alguien dibujada por las luces de los autos detrás del cristal de la puerta. Le vio tocar de nuevo y girarse como a punto de partir. El anciano abrió su boca sin emitir sonido, sin aliento, se apoyó con ambas manos de la baranda y aceleradamente empezó a bajar, aún alguien alto y delgado, con la cabeza cubierta por la capucha de un impermeable, esperaba junto a la entrada con marcada impaciencia, en la calle, a un par de pasos de la puerta.

Entonces, nuevamente oyó los cascos de un caballo, quizá de dos. Se esforzó por acelerar su descenso aún más, pero ello le restó precisión. Su pié se apoyó solamente en la esquina del peldaño y giró llevándose consigo el peso completo de un cuerpo que se desplomó sobre las escaleras. El hombre rodó hacia abajo hasta que el primer peldaño, al pie de la escalera, recibió su cabeza con un afilado borde. La muerte fue instantánea.

Más allá de la puerta, la figura que aguardaba dejó de llamar, se dio la vuelta y se le escuchó como, hablando con alguien con quien al parecer acababa de reunirse, se alejaba hacia la calle, abría la puerta de un carro, la cerraba un minuto más tarde y con el ruido de cascos sobre el asfalto y el relinchar de los caballos, dejó atrás aquél lugar.

El silencio se hizo absoluto. Dos maletas se quedaron escaleras arriba, abrazadas por la penumbra que se obscureció todavía más. La luz blanquecina de las farolas aún entraba por el ventanal de San Jorge y bañaba con extraño brillo el pié de las escaleras donde la alfombra roja brillaba con el tono metálico de la sangre que brotaba a borbotones desde la herida fatal, formando un charco tibio con su diminuto oleaje y una marea sutil, apenas insinuada.

Desde la herida abierta, el cuerpo daba la impresión de deshilvanarse a jirones, dejando escapar con parsimonia decenas de hilos rojos y cálidos que iban reuniéndose caprichosamente, formando, como por accidente, los contornos de múltiples quimeras que hasta entonces se dejaban despertar: por aquí un monstruo tímido del armario de algún niño de seis años que alguna vez lo imaginó; por allá un pequeño dragón de los sueños de ese mismo niño, con sus alas extendidas sobre los irregulares bordes de la alfombra. Un elfo de escasos centímetros brotó, de pronto, buscando a un amigo en la superficie de la escalera; una flor escarlata de hermoso contorno creció como enredadera unos centímetros adelante, aprovechándose de un hilo de sangre que ascendía trepando en el aire. Había arañas con torso de hombre evocadas por la pesadilla de un soñador que se resistió a morir; y también libélulas doradas con escamas de rubí, que salieron volando a toda velocidad, escaleras arriba, mientras un fauno de escaso tamaño les miraba partir con la mayor incredulidad.


Por fin, de repente la lluvia cesó. Un auto se detuvo frente a 57 de Cipreses y de él se apearon dos figuras que llegaron hasta la puerta para introducir la llave en la cerradura. El hombre, quien traía de la ano aun niño de aire somnoliento, llamó a su padre una vez hubieron entrado, sin recibir respuesta. El vestíbulo se iluminó en cuanto accionó el apagador, cerró la puerta y tras pedir a su hijo que le esperara, subió por las escaleras sin percance alguno. Arriba había dos maletas preparadas, nada más.


Revisó el apartamento que, a decir verdad, nunca antes había conocido; sin embargo reconoció el estilo y el gusto, ambos le remitieron a su infancia y le reconfortó la familiaridad. Un gato gris le sorprendió al salir corriendo de ahí y él resolvió seguirlo fuera del apartamento. Tomó mecánicamente un bastón negro que descansaba apoyado en un librero y salió con el. Buscó a su padre recorriendo los demás pisos y los otros apartamentos sin hallar a alguien y sin que nadie le respondiera cuando gritaba. Finalmente, frustrado, regresó al vestíbulo.


Para su sorpresa, al asomarse por un lado de la escalera encontró a su hijo con la mano extendida y su dedo levantado hacia la araña de cristal que iluminaba la estancia; en sus ojos, ahora totalmente despabilados, creyó ver una expresión combinada de asombro y fascinación, mientras se percataba que no era a la lámpara a lo que el niño apuntaba con tanta insistencia, sino a un diminuto dragón de alas rojas que volaba en espiral a escasos pies encima de su cabeza. Igualmente fascinado, al acercarse a su hijo, llegó a sus oídos como desde muy lejos la voz de su padre en un suave eco que contaba, como solía contarle mucho tiempo atrás, cuando era niño: “Había una vez, en un reino gobernado por un rey tiránico, un pequeño dragón de alas rojas atrapado en una prisión de cristal...

Sutra de la identidad

Y a todo esto, ¿Quién dices eres tú?; ok, más allá de cómo te llaman, que no me dice demasiado y mucho más allá de esas frases hechas que nos son tan comunes que han dejando de decir algo, ¿Quién eres tú? ¿Cómo defines lo que eres y, sobre todo, de que manera sientes?


Hace unos meses, cuando tomé la decisión de hacer la tesis para convertirme en psicólogo hecho y derecho, lo hice porque tenía el capricho de rascarle más al asunto de la identidad. Tiempo después, durante el desarrollo de ésta investigación teórica aterrizada en la cuestion gay, me he sorprendido ante el alcance que este sencillo concepto tiene; no sólo por su belleza teórica que, por teórico, a nadie le sirve, sino por la posibilidad que tiene para dar explicaciones acerca de lo que nadie se pregunta, pero que a todos nos mueve... de alguna manera.


Por ejemplo, ¿Te has detenido a pensar cuantas cosas tenemos seguras en la vida? O dime una verdad que sea absolutamente irrefutable.


Ok, tal vez la he puesto muy difícil. No me consta que la tierra sea redonda, pero lo creo porque eso me han dicho. Es la versión oficial. Ni me consta que Japón este en Asia, jamás he ido a comprobarlo. No estoy seguro de que Cortés, Colón y Jerónimo hayan existido, o Sócrates, o la Atlántida; pero algo que si puedo garantizar con absoluta convicción es que yo estoy aquí, escribiéndote para que leas esto. Se también que soy un hombre, que soy más alto que el promedio, más viejo que unos, más joven que otros... Y aún cuando todo en el mundo esté incierto, aunque nada sea seguro y todas mis convicciones se pudieran quebrantarse, aún así sabré que hay algo cierto a secas: que soy yo quien está ahí, tratando de entender lo que sucede.
Denme una palanca y moveré al mundo. Igual funciona con una certeza.


Ah!, pero no puede ser tan simple. Ya Heráclito decía que lo único constante en el universo es el cambio mismo. Pantha rei, todo cambia. No puedes bañarte dos veces en el mismo río, porque ese río de aguas mutables ha cambiado al mismo instante en que le has dejado atrás y, peor aún, tú dejaste de ser ese que momentos antes había entrado en sus tibias aguas. Te transformas mientras lees mis líneas, te conviertes en algo distinto al desplazarte por el tiempo, por el espacio, por las experiencias que vives.


El Tao te cambia.


Siempre una misma ecuación, pero las variables cambian, volviendo la fórmula cada vez más exacta, más perfecta, incluso mas sabia. ¿Notas tú como cambiaste de ayer a hoy? No eres el mismo, no piensas igual, ni sientes de la misma manera. ¿Maduraste?, ¿Creciste?, eso no lo se, pero has cambiado y la definición que haces de ti mismo también lo ha hecho. Tu identidad cambió y lo seguirá haciendo.


Identidad es eso que dices que eres ahorita, y aquello en lo que quieres convertirte. Un hombre soltero de mediana edad. Ese es mi caso. Sin embargo, cuando me haya casado, si lo hago, esa definición que tengo de mí ya no va a servir, y me veré forzado a abandonarla y hacerme otra que me quede bien. ¿Has notado como se siente eso? Cuando te das cuenta que lo que creías ser, ya no lo eres más.


Lo único que tenemos seguro es que somos lo que sabemos que somos; y si cambiamos deberemos de ajustar nuestra identidad, a la brevedad, hacia nuestro nuevo modo de ser y de estar. El niño se vuelve un incierto adolescente, el estudiante debe ahora buscar trabajo, el soltero ve que se ha casado, el expatriado ya no es más paisano de sus padres. En cada caso se trata de renunciar a ser lo que fuimos y transformarnos en algo nuevo, o quedarnos fingiendo que nada ha cambiado y que aún somos lo que, en realidad, no seremos más, lo que no tenemos necesidad de ser más.


Al fin y al cabo, solo somos lo que hacemos para cambiar lo que somos.


Hay que renunciar y dejar morir la piel que ya no utilizaremos; la que nuestros padres conocieron, nuestros amigos, nuestros rivales. Pero renunciar no es sencillo, y suele doler mucho y asustar profundamente.


Eso es la identidad, un proceso de construcción, a pulso, de nuestra mayor obra: nosotros mismos. Hacia donde nos llevamos, en que elegimos transformarnos y que a pieles nos aferramos sin querernos desprender. A veces es tranquilo y paulatino, como el crecer del día con día; otras es súbito y violento, como la muerte del marido de la que a partir de ahora será viuda, pero siempre hay que dejar ir, soltar los lastres para que el peso de lo que hemos sido no nos doble la espalda y canse nuestro espíritu.


¿En qué te estás transformando ahora?

Una tierna obsesión

Tanto tiempo había pasado desde la última que sus labios se encontraron con los suyos, tantas noches, tantos días, que en la pantalla de sus recuerdos ya habían empezado a desdibujarse los rasgos de aquél rostro que él le había jurado amar por siempre. Su sonrisa. No podía permitirse olvidar su sonrisa. Él la había amado desde el primer momento, tras la primera mirada, aún sin el consentimiento de su reacia familia. La amó incluso la mañana en que les vio abordar el auto de su padre con rumbo a las vacaciones de ese verano y ella dejo caer, como por accidente, una nota de papel diciendo: no me olvides, te estaré esperando desde mi lecho la noche de nuestro aniversario; se paciente...

De este día, hacía tres años que se habían conocido, la primera tarde de noviembre, cuando surgió un inesperado romance del que nacieran las más profundas penas y la más embriagante de las alegrías. Esa tarde inolvidable fue como lo es esta, con un ocaso naranja incendiando el horizonte, las copas de los cipreses enmarcando un sol lánguido y la gran verja de tosca herrería que le separaba del cuerpo de ella irguiéndose como una muralla a mitad de su camino. El sonrió con una mueca torcida, sabía para su coleto que pocas barreras son suficientes para entorpecer al amor.

Aguardó a que la noche fuese competa y a que no hubiese más iluminación que el natural brillo de la Luna. Esa noche la Luna estaba llena. Llevó sus pasos lejos de la avenida, a lo largo de la interminable muralla por la que no podría cruzar ni una rata, y al cobijo de los árboles, trepó y trepó con una agilidad sorprendente, con una fuerza en cada uno de sus miembros infundida tan sólo por los jirones de recuerdo de los que su consciencia se aferraba, como quien se aferra a un clavo que arde. Se detuvo al llegar a lo mas alto, respiró la atmósfera fría y a sus oídos no llegó un solo ruido, nadie, en el oscuro edificio donde la familia de ella descansaba esa noche, estaba despierto. Entrecerró sus ojos llamándola por su nombre, le avisaba de su llegada asegurándose a sí mismo que ella escucharía su pensamiento. Tanto y tan grande era su amor por el, y mayor aún el que él le prodigaba a ella.

Descendiendo del otro lado le faltó el cuidado que tuvo al subir en un principio; calló tras un descuido y un dolor agudo le escaló de un tirón la pierna. Nimiedades, afirmó a la noche en un susurro. Avanzó a paso renqueante por los jardines, apoyándose de cuando en cuando sobre alguna de las incontables esculturas que habían sembrado por doquier. El césped estaba espeso y crecido, ocultando inintencionadamente las placas de concreto de algún viejo camino que llevaba al edificio. Un largo camino, sin duda.

Desde arriba, a sus oídos parecía llegarle su risa pueril arrastrada por el viento, jugueteando con los árboles, arrancándole hojas que le caían, como una dulce lluvia de caricias, rozando sus mejillas, su pecho, sus hombros. Ella solía decir que de él le gustaban sus hombros, la forma en la que besaba y el modo entregado en que la abrazaba; era un hombre con mucha energía, solía decirle, luego de libar de su aliento en un beso inolvidable. Cada uno de sus besos lo era, podía recordar a detalle cada ocasión en que sus labios se resistían a renunciar a los suyos, a sentirla tan tremendamente cerca, palpitando su pecho a tan sólo un latido del suyo. Ninguna fuerza en el universo era suficiente para separarlos, su andar el la oscuridad de la noche era prueba material de ello; no necesitaba ver la dirección ni el camino, bastaba seguir el pulso de sus latidos que percutían contra el seno de la noche con un eco ensordecedor.

Por fin la Luna le mostró que había llegado, dejando atrás los cipreses oscilando en réquiem al ritmo del viento. La entrada estaba ahí, dando frente a un edificio no tan grande como lo había parecido a la distancia. Había, sobre la puerta, una cruz tan llamativa que parecía de mal gusto y a los costados un par de famélicos ángeles a medio cuerpo emergiendo del muro con un dejo insinuadamente gótico. A ella siempre le gustaron esos asuntos, jamás creyó que podría convencer a sus padres de montar un decorado así; pero, después de todo, bien sabía que ella era tremendamente convincente.

Con una ganzúa violó de un crac el candado y la puerta cedió emitiendo un rechinido que podría despertar a los muertos más renuentes. Se abrió paso entre la oscuridad más absoluta, guiado por su intuición hacia el lecho de su amada, tropiezo tras tropiezo. En su ceguera dejó a sus manos participar de la búsqueda, tocando en una ocasión el muslo de su pierna que encontró extrañamente húmedo, particularmente doloroso. Debió detenerse a tomar un respiro, llevó ambas manos a la herida en su pierna mientras se resolvía nuevamente a restarle importancia. Una vez que estuviera con ella, tendría la fuerza para encargarse.

El aire que respiró estaba viciado, casi sofocante, mas él interpretó que se trataba de su ansiedad y que por ello le costaba tanto respirar. Sin embargo respiraba, aún.

Ella supo que él llegaba, pero había aguardado tanto que se negó a aceptarlo a la primera. Temía más decepciones. Sin abrir los ojos ni moverse un palmo, le escuchó acercarse mientras su descuido causaba sonidos que se tardaban en extinguir. Ella, a diferencia de él, sabía que papá y mamá no despertarían, que no había razón para tener cuidado; ya, desde que era niña, sus padres tenían un sueño Increíblemente pesado. Encontró divertido, sin embargo, imaginarlo torturado por la angustia de tratar de ser silencioso, sin conseguirlo.

El la encontró finalmente, recostada, envuelta en el cobijo de una tela suave como la seda o como el tacto de su piel. Ansiaba locamente sentir su piel. Siendo dulce al sentirla, recorrió los contornos de su delgadez hasta llegar a sus manos, tomó una de ellas con delicadeza y se esforzó por no ser brusco al despertarla. Que delgada se sentía, que fría. Siguió con el tacto la senda de su brazo, hasta el hombro y cruzó por el cuello, ascendiendo por el mentón donde podía adivinarse una sonrisa. Ella había despertado, pero no decía nada, disfrutaba del juego y se dejaba tocar, sentía el roce sobre sus mejillas y el contacto era delicioso, electrizante, incluso en las partes pequeñas en las que la muerte le había arrancado la piel. Él tocó sus labios y, entonces, sorprendido, retiró su mano bruscamente. Tarde recordó que su mano había estado mojada por su propia sangre, horrorizado y sintiéndose profano, se dio cuenta que había manchado el vestido de su amada y su mano, su rostro, su boca.

Ignorando el dolor dejó caer sus rodillas, quedando a su altura ella para murmurar frases de disculpa, ella abrió los ojos y paulatinamente movió el dorso de su brazo hasta sentir los dedos de aquél hombre, Se giró sobre el costado, tomando su mano crispada y sujetándola con firmeza, en un incipiente intento por parecer cálida, al tiempo que movía sus labios tratando de decir algo, mas no tenía palabras para decir, y tampoco lo necesario para pronunciarlas. Dejó escapar un gemido débil y atrajo la barbilla del enamorado cerca de la suya, los labios de él cerca de los suyos.

Él sintió una descarga recorrer todo su cuerpo, su sólo contacto con ella era tan tremendamente parecido al orgasmo. La sangre se agolpaba en sus sienes, sus manos temblaban y, mareado, por un instante creyó que moriría de felicidad. Estaba equivocado.

Ella no paró de beber hasta que tuvo a su lado un cadáver seco que rodó por sí mismo hacia las baldosas. Se sentía despierta, despierta como hacía meses no sucedía, y viva. La deleitaba el éxtasis de esa sensación; degustándola, con absoluta lentitud, se incorporó llevando sus pies al frío suelo, gozó de esa frialdad mientras sus pasos la condujeron al exterior de la noche, donde ya la esperaba un baño fresco de luz de la Luna. La puerta por iniciativa propia, a sus espaldas, se cerró despidió un chillido agudo que le sonó a despedida. Ella se giró un poco sobre sus últimos pasos y, tocando la lápida de la familia, con un ligero roce de la yema de sus dedos borró en la roca su nombre y apellidos, que cayeron al viento como arena fina, mientras su gesto dibujaba una roja sonrisa.

Cruzó el bosque de cipreses en absoluto silencio, pero a paso ágil, y atravesó la verja, que se abrió por si misma, como empujada oportunamente por el viento. Salió entonces a la calle, más iluminada y escasamente concurrida. Quien se encontrara con ella, además de notar su belleza inhumana, difícilmente podría adivinar de quien se trataba, ni cómo un accidente en la carretera le había dado muerte meses atrás. Tampoco importaba, la noche apenas empezaba y ella aún tenía algo de apetito extra para saciar antes del alba.

Sutra diabético

¿Sabía usted que la diabetes tipo 1 afecta principalmente a los jóvenes, con una prevalencia que aumenta a un ritmo de 3 por ciento anual?

¿Y sabía usted que la diabetes tipo 2 representa hasta 95 por ciento del total de casos de enfermos por diabetes y su aumento se atribuye a la urbanización, altas tasas de sobrepeso y obesidad, sedentarismo y mal manejo del estrés?

¿Sabía usted que esta enfermedad es responsable de más de un millón de amputaciones al año, de la mayoría de casos de ceguera y es la principal causa de insuficiencia renal en los países en desarrollo?

Y lo anterior, nada más por no mencionar que la diabetes mellitus ocasiona la muerte a 3 millones de personas en el mundo, y la tendencia sigue en aumento, pese a que desde hace años se tiene conocimiento de los mecanismos para prevenir este padecimiento y de la amplia gama de medicamentos para controlar los niveles de azúcar en la sangre.

Hablamos de un problema de descontrol metabólico que afecta hoy a más de 230 millones de personas, es decir, 6 por ciento de la población mundial, a las cuales se suman cada año 6 millones más, incrementandose un 50 por ciento cada dos décadas... bueno, en los países en desarrollo, como el nuestro, el incremento podría ser hasta del 170 por ciento en el mismo periodo, porque de hecho, siete de las 10 naciones con el mayor número de enfermos pertenecen a economías en vías de desarrollo.

Sin hacernos de la vista gorda, México ocupa el quinto lugar mundial de incidencia, porque aca, nada más el 11 por ciento de la población, es decir, 11 por ciento de nuestros vecinos, amigos, familiares y etcétera, tiene diabetes.

Desde el 2000, México ocupa el primer sitio en la tabla de mortalidad general, cada 10 segundos se produce una muerte por alguna complicación derivada del descontrol metabólico, por lo que cada año el número de decesos es de 3 millones, cifra similar a los estragos del VIH/sida. Y aún hay más, porque la tasa en cuestión va a elevarse 25 por ciento en la siguiente década.

La Organización Mundial de la Salud, ese vizantino organismo de la ONU, ha calculado que de persistir esta situación, la diabetes podría reducir la esperanza de vida global por primera vez en 200 años.

¿Y cuales son las acciones que pueden prevenir el que una persona desarrolle Diabetes? Que tal bajar de peso de 5 a 10 por ciento o caminar 30 minutos cinco veces a la semana...

La diabetes mellitus se ha convertido en una pandemia (obviamente a nivel mundial) similar a la del Sida, debido a que el individuo promedio se resiste a romper con su vida sedentaria (hacer ejercicio cotidianamente, vamos) y someterse a una ingesta responsable de alimentos. Los intentos por reducir la incidencia, por parte de los diferentes organismos de salud, no son fructíferos dado que las personas se niegan sistemáticamente a cambiar su estilo de vida con el fin de prolongarla.

El individuo tipo se levanta de prisa por la mañana, come cualquier cosa, antes de correr al trabajo; al medio dia se muere de hambre y toma café y fuma para mitigar la sensación, a la hora de la comida sale a la calle y con los demás del trabajo pide cinco o quince tacos de maciza y un chesco para acompañarlo, fuma su cigarrito y vuelve a su escritorio para seguir con la chamba.

A la hora de la salida, todavía de día con eso del cambio de horario, va a casa a descansar; porque ahora que tiene tiempo para hacer algo distinto a lo que hace en el trabajo, ha decidido no hacer nada para sacudirse un cansancio del que al final no se podrá desprender. En algun momento, mientras hace zapping al televisor, se le ocurre el que la próxima semana quizá salga a correr o se inscriba en algun gimnasio...

Se queda dormido en el sillón mientras una nueva mañana comienza a colarse incidiosamente por la ventana. Se levanta, come cualquier cosa del día anterior, tal vez unas papas Mc Donall's o un trozo de algo e inicia la rutina de todos los días mientras la panza se le va bajando... a las rodillas.

Conocen el desenlace de esta historia: un caso más para agregar el registro de incidencia nacional de diabetes; una campaña que promueve una vida sana y que a nadie sencibilizó; un hombre que muere prematuramente dejando tras de sí a una familia que ira, con su duelo a cuestas, al fast food un poco después de haberse terminado el funeral.

Sutra encantado

¿Quién no ha visto alguna vez un pequeño círculo de piedritas abandonado en algún cruce de caminos escasamente frecuentado? ¿O escuchado, tal vez, el canto de sus voces níveas cuando sopla el viento por entre las copas de los árboles? Ellos están ahí, sin dudas y todo el tiempo, evitando el contacto con el hierro frío, las viejas herraduras y el tañer mortalmente ensodecedor de los campanarios. Se trata de la gente amable, son los peligrosos bromistas de sabiduría inalcanzable. Eso lo son ellos, y esto, al menos hasta ahora, no es otra cosa que un suave Sutra encantado.


Despierten al pobre de Rip Van Winkle, que esto posiblemente podría interesarle.


De entre las historias que se escuchan una vez que cae la noche, las que oyen los que prestan la suficiente atención cuando la vida en el mundo humano se extingue en forma aunque sea temporal, se cuenta que, haciendo ya muchos ocasos de ello, hubo en los cielos una titánica rebelión cuando los ángeles se levantaron contra la divina autoridad de quien les dió existencia; y entonces, sobre la tierra, las montañas y los mares se cernieron incontables y sombríos días de tormenta. Creación entera estuvo envuelta en caos y penumbra, sometida a la expectativa de aquello que escapaba infinitamente de su limitado entendimiento.


Se cuenta que en esta lucha se forjaron tres sólidos bandos celestiales: el primero combatió con furia defendiendo a su señor a capa y espada, el segundo nació con heroísmo de los ideales disidentes, hasta que, como bien explica Milton, fué arrojado al Abismo luego de su derrota. Mejor reinar en los infiernos que vivir en el Paraíso sirviendo, tal fue el slogan en los panfletos que repartió la guerrilla elohim de un rincón al otro del firmamento. Sin embargo hubo un tercer frente que no trascendió en las historias, uno olvidado por haberse conformado por todos los ángeles que eligieron no tomar un partido hacia uno u otro bando; permanecieron pacientes y vigías hasta el desenlace, sin intervenir, creyendo poseer, quizá, una sabiduría especial que les revelaba que un suceso así había de ocurrir para preservar el sempiterno balance.

Tras la cruenta batalla llegó la calma y la paz, además del castigo contumaz para los vencidos. Para quienes apoyaron la causa rebelde se destinó el tan bien consabido exilio eterno; para los que defendieron el sagrado status quo no hubo gran cambio en realidad; y a los últimos, quienes sólo observaron el desarrollo del conflicto, se les arrojó del Paraíso y se les condenó también al exilio, pero el suyo no habría de ser en el negro y malllevado Abismo, sino en la tierra, los mares y las propias montañas donde nace la vida.

Cayeron sobre Creación donde algunos se alojaron en los pueriles juegos del viento, otros se cobijaron en la tierra donde tejieron raíces y ramas, unos más no pararon de danzar extasiadas entre las llamas de mil fuegos, y las últimas se adentraron con las aguas en los más secretos confines. Los hombres y las mujeres les reconocieron de inmediato, nada más verlos, y se familiarizaron con ellos, les frecuentaron en sus moradas, forjaron pactos y les dieron nombres, obsequiándoles identidad, forma e intensión.

Así surgieron las hadas.

Y como las hadas fueron un día elohim, no estaban obligadas a morir; así que ayudaron a los humanos a comunicarse con sus muertos, a traerles de vuelta o a llevarles a las tierras sombrías para encontrarse con sus seres amados. Gran poder es el que ellas tenían, se cuenta, e igual temor era el que inspiraban en quienes invadían en sus territorios. Centenares de historias describen los conflictos que entre hombres y hadas se libraban en la búsqueda de la armonía y la buena convivencia, cosas que no siempre resultaban posibles de lograr.

Algunos, los más traviesos, tenían intensiones muy poco gratas, por no decir peligrosas. Se dice que en las tierras de un antiguo reino, en lo que hoy en día es China, estos espíritus malignos encantaron las casas y mataron al ganado, poseyeron a los hombres y maldijeron su progenie por entero, hasta que el regente llamó de los cuatro puntos cardinales a sabios circunspectos que solucionaran el problema; si bien tomó mucho tiempo esperar a que llegara uno que trajera consigo la solución. El último sabio, ante la sorpresa de la corte y del gobernador mismo, solicitó traer miles de espejos de todos los tamaños y formas, y de uno en uno, de casa en casa y día tras día fue encerrando tras de sus superficies de cristal a los espíritus que tanto pesar habían causado.

Empleó tantos que aún en nuestros tiempos es peligroso romper algún espejo, ya que uno de estos seres encuentra así la oportunidad de liberarse y volver a causar el mal de antaño durante siete largos años; siete años de mala suerte.

Para el rey Salomón la situación no fue más sencilla cuando 10 000 demonios hicieron de las suyas en su árido reino muchos años después. Miles de sacerdotes Taftani perdieron la vida en el esfuerzo por detenerlos hasta que su mismo rey se levantó del trono, caminó hasta encarar a las hordas hambrientas y bajo su mandato supremo, cada efrit maligno y djinn quedó atrapado bajo el poder de su sello: el Sello de Salomón.

Relaciones tensas, sin duda, y sin las suficientes delicadezas de la diplomacia.

Pero no hay que pensar que estos seres han estado en la tierra causando sólo penurias, pues memorable fue el día en que las hadas, por otra parte, compartieron sus secretos con una anciana mujer, hace ya muchas lunas, en la oscura intimidad de un claro del bosque, enseñándole a curar y a leer el destino, entre otras tantas cosas; todo cuanto fuera necesario para hacer de ella la primera bruja entre los mortales.

En África los Eshu traen a los hombres el mensaje de los dioses, en Irlanda los Sidhe brindan fabulosos obsequios a quienes les encuentran, las ninfas Inglesas prestan a domicilio espadas legendarias, los Sluagh alemanes susurran inconfesables secretos… En general esta “gente amable” puede ayudarle muy bien a uno si se les sabe tratar con la adecuada gentileza; aunque también es cierto que no habrá gentileza que baste para dialogar pacíficamente con un hambriento Red Cap en Gran Bretaña que no te desee invitar a cenar; ni impida que un malhumorado Knocker esconda tus llaves cuando más prisa tienes por salir de casa; o que un inocente Alushe trate de deleitarse con un pequeño sorbo de tu alma, aunque sea. Esos son, para algunos de ellos, sus usos y costumbres…

Pero hay un pacto con los hombres que facilita el trato, sin trucos; un pacto de tregua que solamente se rompe un día al año; los druidas silvanos le conocían a ese día tan único como el Samhein. Se supone que por 24 horas, desde las primera hora del día, minuto después de la media noche, hasta el último segundo de la media noche siguiente, las hadas entran al mundo de los mortales y son libres de hacer cuanto les dicte su capricho, sin importar cuán torcido y perverso sea su deseo; tal puerta queda abierta y también los muertos pueden volver y visitar a sus familias, beber su vino y, felizmente, comer de sus mesas.

La magia real del Samhein es que el velo que cubre a las hadas de la mirada de los hombres se levanta nuevamente cuando la fiesta termina, trayendo consigo el olvido entre los mortales y la vigencia renovada del pacto ancestral.


"...que lo haya imaginado, no quiere decir que no exista..."


Así pues, ¡¡feliz Samhein a todos!!, especialmente a Kat; y cuídense de los cruces de camino, de las doncellas hermosas y de los ofrecimientos extraños... uno nunca sabe cuando puede ser objeto de las inesperadas bromas de algún Pooka.

Sutra generacional

¡Bueno ya!, seamos francos. No es una casualidad el que sean los niños de treinta años quienes consumen con asidua enajenación las figuritas de acción de He - Man o se mantengan a la expectativa por la nueva serie de X Men que publica Marvel Comics, ni es azar el que las caricaturas al estilo de Fairly Oddparents para niños incluyan más gags y chistes para adultos que para menores; no, tampoco. La realidad cruda y llana es que los treintañeros, similares y conexos, nos hemos apoderado del mundo.


Inserte aquí una extensa risa maniática y perversa ( e. r. m. y p. ), gracias; ahora empecemos un Sutra generacional.


Puedes saber que te encuentras entre personas que van paulatinamente abandonando sus veintes, o que ya les han dejado atrás recientemente, cuando les sorprendes aglomerados en grupo y sumidos en una apasionada charla que aborda temas tan tremendamente polémicos como los volátiles pechos de Afrodita, la robot gigante aquella con proyectiles por busto y que bien podrían dejar estúpidamente callado el rollo aquél del “pecho bueno, pecho malo” de Melanie Klein; o acerca del mono ese que le gritaba a la Estrella Lunar de Limbo para que le diera el poder, la fuerza, la facultad y no se que tantas cosas con tal de ser invencible. Los treintañeros, similares y conexos, no solo recuerdan al Esclavo que decía “…chi, chi, chi, amo”, o al tipo vendado hasta el cogote que quería en cada episodio deshacerse de “este cuerpo decadente”, no solo recuerdan quien era Tigro, Pitufina, Bell y Sebastián y hasta la sripper esa que enseñaba las pelotas cada vez que su diamante mágico que le daba poder la volvía una no se que cada vez que ella quería. No… Los treintañeros y los que oscilan cerca de la edad son, incluso, capaces de desarrollar toda una exégesis al respecto de estos entes con argumentación, teorización y metodología toda vez que alguien mencione, siquiera mencione aunque sea tangencialmente algo que les traiga algo sobre esto a la cabeza.


Inténtalo un día, nunca falla.


Cuando yo era niño había respetables señores de treinta años, incluso de veintiocho, hombres y mujeres de bien y con el prestigio de toda persona que ha sentado cabeza; además de los niños tirándoles de la manga, la barriga chelera del hombre casado, el conato de calvicie, el carro, la oficina y la mirada tan característica de tedio por la vida. Así eran los treintañeros prehistóricos. Después llegó mi generación. Dicen que una generación se constituye por la gente que ha nacido dentro de un rango de edades sin más de tres o cuatro años de diferencia… eso, evidentemente era antes. Hoy en día las generaciones se han ido estrechando: la sociedad actual va avanzando a un paso tan frenético que puedes toparte con una brecha generacional entre dos personas con un par de años de diferencia, cuando antaño las brechas tenían la consideración de manifestarse de manera más espaciada.


Te decía, antes había respetables señores de treinta; hoy ya no. En estos días encuentras chavos de treinta, treinta y dos… que van incipientemente armándose la vida, considerando sin presiones la opción de casarse, sentar cabeza y etcétera. ¿Qué fue lo que pasó que extinguió a los señores de treinta? Quizá sea algo similar al meteorito que tuvo a bien caer en Yucatán y extinguir a los dinosaurios del vecindario.


O quizá los niños que fuimos no quisimos dejar de serlo, de ser niños.


A nadie le sorprenderá si digo que desde los setentas no maduramos tan rápido como lo hicieron nuestros padres, y ni se mencione a nuestros abuelos. En la actualidad nos vamos con calma, saboreando las circunstancias, tranquilos y sin presiones. Hombres y mujeres postergamos el fin de la adolescencia, sin el menor empacho, hasta los veinticuatro, veinticinco o por ahí. La madurez la dejamos como para los treinta y cinco aproximadamente. Que… bueno, he escuchado cuarentones que aun dicen ser chavos, ese término que en México se traduce como joven y que en Sudamérica les recordará sin duda a una deplorable serie de televisión que tuvimos el mal gusto de exportarles.


Los chavos de treinta.


Estos fulanos fueron creciendo y se acomodaron en los puestos de decisión, se apoderaron del mundo y lo moldearon a su gusto. ¿Habrase visto tamaño atrevimiento? Pues ahí tienes que se jalaron el mundo que tuvieron en su infancia y lo instalaron para su imperecedero consumo. Las caricaturas hechas por treintañeros acabaron con chistes para treintañeros y un poquitín de crítica social, también los comics; los juguetes que antes eran para jugar, ahora son juguetes de colección que son reunidos solamente por tenerlos. Aja..!, como si no jugaran con ellos cuando nadie les mira. Y así. Evidentemente yo, que cumplí los treinta en marzo no podría quejarme, en lo absoluto lo haría.


Y es que antes existía el problema de que a los treinta se terminaba tu vida. Cuando iban agotándose los veintes y tu seguías sin pasar por el altar, con vestidito blanco, anillos, ramo y toda la parafernalia, las personas a tu alrededor empezaban dedicarte miradas de compasión por “haberte quedado”, mientras tu, en esos años anteriores a que nuestras generaciones llegaran a empezar a solucionar las cosas, te perdías reflexionando en qué fatídico momento fue que perdiste el último tren. Vamos, hoy estamos conscientes de que a veces es mejor mantener felices a much@s que no’más a un@ sol@.


Cuestión de gustos… y de organización.


Los tiempos van cambiando, la gente cambia; y tiempo y nosotros, cada cual sigue su paso según criterio. A veces el tiempo nos aventaja y en ocasiones nosotros le vamos dejando atrás, al fin y al cabo, nosotros somos quienes mesuramos al tiempo, le damos identidad e intensión. Podemos pasar un siglo en el oscurantismo y de pronto comenzar a cuestionar nuestros tradicionales roles de género, nuestra sexualidad ancestral, nuestra herencia heredada. Mi abuelo solía decir que estos tiempos no son como los de antes, y al fin de estas cuentas, parece ser que le doy toda la razón.


Cómo sea, es fácil escribir a la ligera y desenfadadamente, mediante generalizaciones apresuradas que pueden incluso resultar divertidas, a mi me divierten, aplicando un reduccionismo tras otro para hablar de cómo supongo que es mi generación mientras me regodeo en la identidad colectiva de estar entre los felices treintañeros. Es verdad que sonrío mientras lo hago, y se me ocurre que es bien válido hacerlo. No lo escribiría si no lo creyera. Pero también creo en una parte un tanto más seria: si es cierto que ahora somos quienes dirigimos el mundo, y muy probablemente lo es, entonces este es buen momento para preguntarnos hacia dónde lo estamos llevando.


Así, pasamos de hablar de los Thundercats a la responsabilidad social. Si me lo preguntas a mí, te diré que no ubico del todo cual de entre ambos pudiera ser menos importante.