Al interior de la sandía y de la noche con su cielo profundo y constelado, miríadas de semillas titilan sus negras presencias por encima de esta secreta realidad. El tigre altivo y fugitivo, poderoso y hambriento, recorre los entornos de su arrecife con la paciencia de quien cuenta palmo a palmo sus tesoros más sagrados. La sangre se le agolpa en las alas, el deseo le impele como la gran luna impele a la marea. No hace menester un significado, nadie necesita entender; las imágenes desfilan haciendo un llamado a las emociones, y su callada inteligencia, residente en el vítreo instinto, hace caso omiso de la prudencia y del veredicto ancestral.
Las cosas son simples en este universo: la jirafa debe sobrevivir o morir para dejar de ser jirafa, dejando tras de sí los huevos que ninguna otra madre podrá encubar. Qué triste será su muerte sin sus vidas. Y el león asesino recorrerá los abismos para matar monjas a golpes de oreja, tal como Neruda, en su momento, le tuvo a bien enseñar.
León y tigre se topan en los confines, a la sombra de una anémona que se rehúsa a hacer llover. Los caracoles, previsores y ágiles como un pensamiento infectado por la obsesión, parten a toda marcha del escenario que se impregna de susurros, de contornos, de frases espirales que se anudan a la altura de la garganta, para después sofocar haciendo una muy ligera presión. Los cuerpos se encuentran y después de un roce se reconocen; los colmillos hacen saltar la sangre, las garras arrancan el aliento con movimientos bien calculados, el peso de la carne quebranta el cristal costumbrista de un retrato bien convencional.
En el firmamento rebota el trueno de una tormenta que amenaza en vano, sólo por incomodar, solo por hacerse notar. El crack de un cristal roto perfora los caparazones marchitos de un enjambre triste de tanto querer sin ganas, de tanto reservarse en rincones tranquilos, de tanto júbilo congelado.
Las hogueras en el mar son azules y poco es cuanto alcanzan a iluminar lo que pocos ojos y sus parejas se atreven a ver. Danza sagrada de casi imposible traducción, las fieras la bailan con fauces y zarpas, preocupadas de no mirarse a sí mismas, desprendiendo las escamas, una a una, de su piel más popular. La arrojan con desdén, extienden sus miembros desperezando a la libertad; mientras los caracoles pequeños suspenden su marcha, atrapados bajo la falsa piel de una mentira sostenida por mil entusiastas cientos de eones atrás.
Se sacude la sabana y la estepa, el arrecife mismo pareciera zozobrar; la batalla erigida sin cuartel desgarra tejidos, fragmenta huesos, graba con sangre los sutras de la pasión, consumiéndose a sí misma, extinguiéndose, levantando odas al vencedor que cuidará de los restos del otro que no se salva, ni desea salvarse, por toda la eternidad.
Las estrellas germinan sobre sus cabezas, a su tiempo, dando paso al karma y su parsimonioso devenir. De noche, en este mundo sandía, danzas se ejecutan con movimientos acompasados que laceran la piel; de día, la cacería se cierne sobre laceraciones ajenas, mientras los pólipos eructan sus lenguas pesadas como juicios y reluctantes de húmeda lascivia.
Las semanas transcurren y los meses las siguen con antelada resignación. Ya hay varios años haciendo fila con impaciencia, aguardando su turno con fastidio en los confines de una torpe salita de estar. Todos ignoran, para bien y también para mal, que una mano rolliza y sonrojada, por unas monedas, a coartado su derecho de seguir. La historia termina, la tierra tiembla y las estrellas se desploman sobre el océano y su finita vastedad. Las hogueras azules se extinguen y la pasión arrebatada se trona en inconsolable paz.
Luego del corte solo de un agudo cuchillo, nada queda, ya no hay nadie para recordar.

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