A lo largo de la escalera, los peldaños se sucedían ordenadamente, uno después del otro, consciente cada cual de su lugar y de su función inalienable. A él le gustaban las cosas así, tanto caos en éste mundo y tanta falta que le hace un poco de orden y estructura. Había dedicado su vida entera a hacer cumplir esa consigna cabalmente: orden y estructura. Ahora, que subía las escaleras hacia su apartamento, sabiendo con toda certeza que esa noche sería la última vez, dejaba a su memoria vagar a la deriva por los recuerdos de su vida, con una mueca de satisfacción colgada de su boca. Había hecho de sus hijos hombres con estructura, había creado una influyente empresa con estructura y había enseñado a sus empleados que ellos mismos eran parte de una estructura; igual que estos peldaños que ahora atrapaban su atención, había enseñado a cada quien que cada cual tiene su lugar y su inalienable función.
La primera batalla que de joven debió librar fue consigo mismo; jamás aceptó dejar que su mente fuese el potro desbocado que la mayoría de los seres humanos permite. Él también tenía fantasías, sueños de criaturas increíbles y magia que se enlazaban por sí mismas tejiendo historias irreales que a veces contaba, pero a diferencia de la gente débil, con el tiempo había sido capaz de dominarse y doblegar con su voluntad todos esos distractores. Los silenció para sujetar con perfecto dominio las riendas de su mente. Habiéndola dominado, supo el secreto para dominar también a los demás. Así se forjó una vida exitosa.
El final de la escalera le aguardaba, viéndole subir encorvado y crónicamente fatigado como quien lleva sobre sus hombros un lastre acumulado por el paso de las décadas. Con la diestra se ayudaba de la baranda empotrada en el muro, con la izquierda sujetaba un bastón negro como el ébano, terminado en un puño cerrado que un artista había tallado en asombroso detalle; invisible a la vista, pues la mano del anciano se cerraba sobre éste como la garra de un ave de presa. Su bastón golpeaba la duela de los peldaños con un ruido sordo que reverberaba al interior del edificio, sus zapatos le hacían coro, y no había otro ruido que rompiera ese eco monótono y persistente; era como el sonido de un reloj marcando las horas y los minutos, uno tras otro, como los peldaños de una escalera.
Usualmente los demás inquilinos le evitaban al escucharle cerca de su apartamento; con algún pretexto mal improvisado se daban la vuelta siguiendo por otro pasillo, o fingían haber olvidado algo y se giraban sobre sus pasos. Algunos eran más cínicos que otros, pero esta vez, al menos, nadie le evitaba; ahora estaba solo. Los otros hacía días que habían empacado y abandonado el edificio número 57 de la calle Cipreses; faltaba un día para que los contratistas llegaran con las demoledoras y los camiones de la constructora, era probable que casi nadie echara de menos lo que en pocos meses se convertiría en la más lujosa galería de cine de culto en el centro de la ciudad.
Casi nadie. Sus pies se posaron firmemente en el suelo de la segunda planta y se apoyó en el bastón lo mejor que pudo, su otra mano se rehusaba a alejarse del todo de la baranda. Ya casi no tenía aliento, la maldita escalera se volvía más dura cada vez y él cada vez mas viejo. Se detuvo, con los ojos entrecerrados hasta que su respiración se normalizó lo suficiente, lo cual le llevó poco más de diez minutos en la solitaria penumbra de la segunda planta; no había prisa, su hijo vendría a recogerle en hora y media para llevarle al asilo que eligieron para él. Ya todo cuanto necesitaba llevar estaba empacado, pero no deseaba partir. Había pasado los últimos años de su vida en este edificio, había comprado el apartamento 3 de la segunda planta con los restos de lo que quedó de la empresa que fue suya y que un día se repartieron sus hijos para echar a andar sus propias empresas. Guardaba una secreta curiosidad por conocer el éxito que habían logrado a partir de sus logros, los de él, suponía que habría sido uno grande, pero no se atrevería jamás a preguntar, se quedaría con la historia de su propio éxito contado sencillamente a medias.
Afuera, en la calle, empezó a llover tras un par de relámpagos que inundaron de un brillo azul la media luz del edificio. La lluvia en pocos segundos abatió salvajemente contra el ventanal de la entrada; por el escándalo que solía hacer contra el cristal, a veces parecía que en cualquier momento podría estallar en mil fragmentos. Nunca había pasado. El viejo solía decir que ese vidrio era lo más sólido de todo el edificio, mientras desde la segunda planta miraba embelesado los últimos haces del ocaso atravesando al transparente San Jorge y su Dragón que moría malherido por el filo de la espada. Un auto pareció frenar bruscamente sobre el asfalto, el rechinido de sus llantas le llevó a hacer una mueca de disgusto, lo cual no significó un cambio notable en el gesto pétreo de rostro.
Sobre la alfombra roja se ahogaba el sonido del bastón que pasaba frente a las puertas vecinas. Estaban cerradas, y por lo que a él concernía, siempre lo estuvieron. Nunca encontró a nadie en ese edificio que fuera lo suficientemente interesante como para justificar una charla con inversión superior a la de cinco minutos. Murmurando al respecto, mirando la alfombra más por el habito de esquivar las miradas que por la precaución de evitar un tropiezo. Abrió su puerta con una ligera presión del hombro; no veía el caso de cerrarla con seguros ahora que no había nadie más que él.
Se acercaba la media noche, la lluvia no parecía tener intensiones de amainar y el ruido esporádico de los autos irrumpía con violencia en el silencio. En ocasiones también sonaba un claxon, de repente una voz femenina solicitando un taxi, y esta vez, particularmente, incluso el sonido de cascos de caballo pasando ante el portón del número 57.
Frente a la puerta de entrada a su apartamento había un gran librero de pared a pared y de techo al piso, atiborrado de elegantes volúmenes de economía y finanzas absolutamente libres de polvo, esmeradamente cuidados. Eran sus libros, todos esos eran suyos porque él los había escrito. En cada ocasión que cruzaba la puerta de su apartamento, se detenía a mirar sus trofeos de una vida, a sus verdaderos hijos, como él los solía llamar. Unos pasos más, hacia adelante, giró sobre sí mismo para contemplar la estancia con la escasa luz que entraba desde el pasillo. Su vieja sala europea, sus tapices persas, sus jarrones florentinos, su pequeño santuario; los fue recorriendo con la mirada y mentalmente repetía una despedida para cada uno de esos objetos, sabiendo, muy adentro de su ser, que en realidad se despedía con nostalgia, de sí mismo.
Tres golpes le arrancaron su ánimo abstraído, el sonido había subido claramente por las escaleras, algo más ágil de lo que minutos antes él lo hubiera hecho, desde la puerta a la calle. Su hijo, no cabía duda. Súbitamente un nerviosismo le recorrió la espalda, hasta la nuca y la mano libre que, ahí, se rascaba los cabellos con cierta manía. Era su hijo. No le veía desde que se instaló para vivir en la calle de los Cipreses hacía treinta años, probablemente él había cambiado, probablemente a él le encontraría más viejo. Se vio a sí mismo en una imagen mental con la que se comparaba su aspecto hacía treinta años con el cansancio senil que tenía esta noche. Sintió pena de sí mismo, se reprochó haberse dejado envejecer y hacerse débil y frágil. Llamaron a la puerta de nuevo, entonces recordó que habían cortado la electricidad esa misma mañana, quizá para ejercer algo de presión contra los últimos inquilinos. Jamás relacionó que por ello el timbre no serviría. Llamaron una vez más: tres nuevos golpes contra la puerta.
Gritó algo lo más alto que pudo, a su edad no podía mucho, y jaló hacia sí un par de maletas que aguardaban cerca de la sala. Comprobó con una revisión visual que en realidad ya lo había empacado todo. Dejó escapar un suspiro largo y se dirigió hacia la ventana para cerrar las cortinas de un tirón. Seguía lloviendo y quien llamaba a la puerta, lo hizo una cuarta vez. Con su pulso incontrolable, acarició al gato gris con el que había vivido los últimos meses y éste se erizó sorprendido, sobre el puf en la que se encontraba, evidentemente muy poco habituado a las caricias. Cerró la llave de paso para el gas, comprobó a tientas que los apagadores de luz estuvieran efectivamente apagados y con gran esfuerzo, tiró de sus maletas hacia el pasillo, fuera de su apartamento. Se hizo dentro de éste la más completa obscuridad una vez que cerró la puerta; había olvidado su bastón recargado en el librero.
Llamaron a la puerta de nuevo, tres golpes con la misma cadencia pausada de las veces anteriores. Jaló su equipaje lo más de prisa que pudo y el ver las otras puertas le hizo pensar que detrás de ellas había apartamentos, a diferencia del suyo, completamente vacíos. No se detuvo demasiado en ello. Llegó al borde de la escalera y no supo como bajar con su equipaje; lo dejó ahí y empezó a bajar sin el. Había la silueta de alguien dibujada por las luces de los autos detrás del cristal de la puerta. Le vio tocar de nuevo y girarse como a punto de partir. El anciano abrió su boca sin emitir sonido, sin aliento, se apoyó con ambas manos de la baranda y aceleradamente empezó a bajar, aún alguien alto y delgado, con la cabeza cubierta por la capucha de un impermeable, esperaba junto a la entrada con marcada impaciencia, en la calle, a un par de pasos de la puerta.
Entonces, nuevamente oyó los cascos de un caballo, quizá de dos. Se esforzó por acelerar su descenso aún más, pero ello le restó precisión. Su pié se apoyó solamente en la esquina del peldaño y giró llevándose consigo el peso completo de un cuerpo que se desplomó sobre las escaleras. El hombre rodó hacia abajo hasta que el primer peldaño, al pie de la escalera, recibió su cabeza con un afilado borde. La muerte fue instantánea.
Más allá de la puerta, la figura que aguardaba dejó de llamar, se dio la vuelta y se le escuchó como, hablando con alguien con quien al parecer acababa de reunirse, se alejaba hacia la calle, abría la puerta de un carro, la cerraba un minuto más tarde y con el ruido de cascos sobre el asfalto y el relinchar de los caballos, dejó atrás aquél lugar.
El silencio se hizo absoluto. Dos maletas se quedaron escaleras arriba, abrazadas por la penumbra que se obscureció todavía más. La luz blanquecina de las farolas aún entraba por el ventanal de San Jorge y bañaba con extraño brillo el pié de las escaleras donde la alfombra roja brillaba con el tono metálico de la sangre que brotaba a borbotones desde la herida fatal, formando un charco tibio con su diminuto oleaje y una marea sutil, apenas insinuada.
Desde la herida abierta, el cuerpo daba la impresión de deshilvanarse a jirones, dejando escapar con parsimonia decenas de hilos rojos y cálidos que iban reuniéndose caprichosamente, formando, como por accidente, los contornos de múltiples quimeras que hasta entonces se dejaban despertar: por aquí un monstruo tímido del armario de algún niño de seis años que alguna vez lo imaginó; por allá un pequeño dragón de los sueños de ese mismo niño, con sus alas extendidas sobre los irregulares bordes de la alfombra. Un elfo de escasos centímetros brotó, de pronto, buscando a un amigo en la superficie de la escalera; una flor escarlata de hermoso contorno creció como enredadera unos centímetros adelante, aprovechándose de un hilo de sangre que ascendía trepando en el aire. Había arañas con torso de hombre evocadas por la pesadilla de un soñador que se resistió a morir; y también libélulas doradas con escamas de rubí, que salieron volando a toda velocidad, escaleras arriba, mientras un fauno de escaso tamaño les miraba partir con la mayor incredulidad.
Por fin, de repente la lluvia cesó. Un auto se detuvo frente a 57 de Cipreses y de él se apearon dos figuras que llegaron hasta la puerta para introducir la llave en la cerradura. El hombre, quien traía de la ano aun niño de aire somnoliento, llamó a su padre una vez hubieron entrado, sin recibir respuesta. El vestíbulo se iluminó en cuanto accionó el apagador, cerró la puerta y tras pedir a su hijo que le esperara, subió por las escaleras sin percance alguno. Arriba había dos maletas preparadas, nada más.
Revisó el apartamento que, a decir verdad, nunca antes había conocido; sin embargo reconoció el estilo y el gusto, ambos le remitieron a su infancia y le reconfortó la familiaridad. Un gato gris le sorprendió al salir corriendo de ahí y él resolvió seguirlo fuera del apartamento. Tomó mecánicamente un bastón negro que descansaba apoyado en un librero y salió con el. Buscó a su padre recorriendo los demás pisos y los otros apartamentos sin hallar a alguien y sin que nadie le respondiera cuando gritaba. Finalmente, frustrado, regresó al vestíbulo.
Para su sorpresa, al asomarse por un lado de la escalera encontró a su hijo con la mano extendida y su dedo levantado hacia la araña de cristal que iluminaba la estancia; en sus ojos, ahora totalmente despabilados, creyó ver una expresión combinada de asombro y fascinación, mientras se percataba que no era a la lámpara a lo que el niño apuntaba con tanta insistencia, sino a un diminuto dragón de alas rojas que volaba en espiral a escasos pies encima de su cabeza. Igualmente fascinado, al acercarse a su hijo, llegó a sus oídos como desde muy lejos la voz de su padre en un suave eco que contaba, como solía contarle mucho tiempo atrás, cuando era niño: “Había una vez, en un reino gobernado por un rey tiránico, un pequeño dragón de alas rojas atrapado en una prisión de cristal...

No hay comentarios.:
Publicar un comentario