Contra el empacho por la vida y la acidez del despertar, las imágenes de un sutra para alivianarte tu Dharma.

1.12.06

Rafting en la Condesa

Encontrábame yo en casa del amigo Eriberto, hablando y cavilando sobre Body Systems mientras, detrás de la ventana, empezaba a llover. Y llovió un poco más, y más. Los granizos como bólidos rodaron por el cristal amenazando romperlo, y por las tuberías del baño de ese departamento en segundo piso, al "vital liquido" le dió por escaparse ascendiendo a borbotones. Escenario interesante, sin duda, y sin aún mencionar las goteras que se colaban por la instalación eléctrica poco antes de que la luz se fuera. Ahí y en toda la Condesa.

Pudo la cosa quedar ahí, así, nada más. Si no fuera porque a este blogger le dió por despedirse en ese momento e irse a su respectiva casa del otro lado de la ciudad.

Afuera: el pandemonio.

Más allá del zaguán del edificio, en la calle el agua formaba una fuerte corriente que llegaba desde Insurgentes. El portero no dejaba de lamentarse conmigo acerca del esfuerzo que habría de hacer para que no se inundara el estacionamiento de los patrones. Le sugerí usar una cubeta para echar el agua afuera mientras se iba metiendo. Le agradó la idea.

Al ver que mi única alternativa era avanzar -en general no soy de los que se regresan- hice lo que algunos hidrotranceuntes ya hacían y me arrojé valientemente al agua, habiendo previamente arremangado mis pants por encima de las rodillas.

A veces uno debe dejar atrás el estilo.

El agua calaba a madres y hasta los huesos, como si tuviera toneladas de hielo. Y los tenía. Y uno había de avanzar adivinando finales de banqueta, bordes, agujeros y demás accidentes topográficos con el fin de no acabar con una zambullida de miedo. Al rededor la obscuridad del apagón y un par de personas preguntando si de allá de donde yo venía el agua estaba igual. Mi respuesta les hizo poner una cara aun más larga.

El buscar caminos no tan inundados o medios para seguir avanzando se volvió un entretenimiento interesante. El agua sobre el asfalto otrora caliente, se evaporaba formando una espesa neblina que no dejaba más que las siluetas de otras personas en la lejanía para saber que alguien más estaba por ahí. Lamentablemente las figuras humanas desaparecían de pronto para reaparecer como el monstruo de la laguna verde, irguiendose de entre las aguas y llenos de ramas y hojas cortadas por la tormenta, pues era frecuente que la gente callera dentro de las coraderas, que las autoridades de la ciudad habían tenido a bien mandar a abrir para que el agua, fluído terco y renuente, se fuera por ahí hacia el apasible subsuelo.

La luz de los faros en la calle aún no volvía, y masas de automóviles se condensaban en los cruces sin poder moverse un centímetro. Ahí si estaba iluminado. Uno podía pasar entre ellos, por encima, por los cofres, treparse a las rejas de las casas. Todo con esa extensiva licencia para doblar los reglamentos que sólo es permisible cuando se vive una crisis, por mediana que sea.

Desde mi discman, las noticias decían que toda la zona estaba así, desde la Condesa o la Zona Rosa hasta el Centro Histórico. Para ese día el apocalipsis había llegado. Autos en los desniveles escondidos bajo la superficie del agua, gente aguantando la respiración y con rostros henchidos en pánico mientras el agua se colaba por sus ventanas cerradas, por la puerta... Techos de establecimientos desplomándose por el peso del granizo, gatos refugiados en los árboles y algunos de éstos callendo desmallados sobre la ascera arrastrando a los felinos entre sus ramas.

Mal día para ser gato.

Al final acabé cargando en brazos a una mujer que había caido en una coladera abierta y se había lastimado la pierna de alguna forma. La lluvia lavaría mi sangre sobre los pants. Llegamos hasta algunas patrullas y ahí deposité mi carga que, hasta ese momento, no había dejado de hablar maratónicamente acerca de la catástrofe que viviamos.

¿Porque hay tanto sobrepeso entre la gente de mi ciudad? Hay personas que bien podrían considerar ponerse a dieta, por mi bien.

En algunos lugares la ascera no inundada se veía como nevada, cubierta por algunos alegres centímetros de granizo. Por ahí una ventana rota como por un balazo que se le escapó a alguna nube reaccionaria, por allá un minisuper atiborrado de chavitos de la Condesa llamando a sus papis mientras se rolaban el tabaco -siendo franco, eso no olía a tabaco- para pasar el frío en medio de animadas e intelectuales charlas.

Varios de entre ellos vieron con reprobación mi look de pants a las rodillas. Solo yo estaba consciente que en breve esa sería la moda del lugar.

Y al final la luz volvió. Los policías aparecieron ayudando con camiones -pequeñas arcas llenas de animales- a cruzar a la gente hacia las estaciones de metro. Metro a secas, es decir, sin agua.

Y así termionó la cosa. Esa probadita de ragnarok que se borró al llegar la mañana. A la ciudad se le volvió a olvidar que hubo una vez en la que no fué ciudad, sino lago; o quizá le volvió la resignación y se tragó litro a litro agua, caos y granizo derretido por su sistema de drenaje. Fué una lástima, la gente se veía tan animada, cooperativa y conversadora...

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