Contra el empacho por la vida y la acidez del despertar, las imágenes de un sutra para alivianarte tu Dharma.

1.12.06

Sutra de seres míticos

Hay algunas personas por ahí, mejor asociadas, de hecho, a una mayoría que a sólo unos cuantos, que miran el volverse viejos con pesar, incluso con pavor, y lamentablemente he de confesarte que yo me cuento entre ellos, lo que resulta que es un buen pretexto para que escribamos juntos un Sutra dedicado a cierta clase muy peculiar de seres míticos en los que nuestra sociedad ha dejado de creer y por ello hemos dejado de verlos, aunque todavía existan y se marchiten a nuestro alrededor.

Sea pues, un Sutra de seres míticos.


Llegar a viejo. Y no me refiero al concepto biológico de envejecer, como tal, pues éste por mucho miedo que sientas y otro tanto que desees evitarlo, igual que la muerte, es inexorable de per se. Pero hay algo más:


¿Has notado como llegado el momento y a cierta edad todos los tiempos pasados parecieran volverse mejores?, ¿Cómo un mal humor se vuelve perenne y pareciera que se pierden las ganas de hacer cualquier cosa?, ¿Qué no hay más intensión de verse atractivo, ni esfuerzo ninguno por conocer gente nueva? Desaparece la esperanza y el sentido de las cosas, de las personas y de la vida. Empieza entonces la espera, llevas tu maltrecho y cansado cuerpo al sillón frente al televisor y aguardas a que la muerte llame, en una de seas, a la puerta.


Solo que la muerte no viene cuando tu quieres, sino cuando a ella se le pega la gana, así que hay que pasar largas horas frente al televisor y frente al mundo, a uno y al otro prestándoles la misma mínima atención entre que te paras al baño o te levantas de la cama.


En verdad asusta, ¿no? Y de cualquier manera, la sociedad en que vivimos no ayuda de mucho; nos instalamos en la falacia de la juventud sempiterna y fingimos que lo que hoy sirve y se mantiene firme, va a mantenerse así por siempre. ¿Quién empezó con la mentira y cuándo comenzamos a creerla? Más valdría tener bien en cuenta que, como dice Serrat, todos llevamos un viejo encima. No hay excepciones.


Envejecer es un proceso natural que cualquier biólogo puede explicar al detalle, es normal. Sin embargo nadie nunca dijo que estuviéramos obligados a volvernos viejos y marchitarnos traduciendo la cuenta del tiempo en una tristeza crónica que nos amarga y exilia del mundo. Ve a tu alrededor a los ancianos que se hacen a un lado y nos dejan pasar, mientras se aferran de sus nostalgias para excusarse de no entender el mundo del que se han divorciado y al que tampoco les invitamos a entrar, porque ellos nos recuerdan la innegable verdad de que como nos vemos ellos otrora se vieron y como se ahora se ven nos mas temprano que tarde, nos veremos.
El tiempo transcurre tan rápido...
Bueno, en realidad no hay problema para nosotros en esto, no lo hay para mí. Puedo jugar a que los ancianos son una raza de humanos aparte, efímera y delicada, como nocturnas polillas. Puedo y puedes. Podemos jugar a que jamás el peso de los años nos doblará los hombros y que jamás tendremos que hacernos a un lado para que nuevos jóvenes nos ignoren y construyan su mundo sobre las ruinas del nuestro, sobre nuestras nostalgias.


Temo caer en el juego y jugarlo sin darme cuenta de que lo hago, y temo que un día que me agarre desprevenido, sea yo un viejo solitario y seco que ruegue a la muerte cada noche, al oscurecer, que vuelva literal el maldito mausoleo metafórico en el que me hube condenado a existir.
Aunque, tal vez, algo aquí no sea del todo una trampa. Quizá...


Quizá los ancianos efectivamente son una raza aparte, una en la que nos convertimos después de una larga jornada y luego de acumular y acumular tantas experiencias que, irónicamente, no son útiles ya a quien las ha vivido; bueno, probablemente sí a alguien más.


Cuanto rollo en espiral que no llega a nada concreto. Pudiera ser que en realidad mi intensión sea la de presentarte a un anciano que aún no llega a este mundo, pero que ya le voy agarrando cariño; uno que, a decir verdad, voy a parir yo y que quizá se parezca al que vas a traer tú a este mundo, tal vez para que sea exiliado de él en cuanto pise tierra. No lo se. No se como será el anciano en que me convertiré tras algunos años, pero si sé cómo me gustaría que fuera.


El anciano que traeré yo al mundo, me gustaría que supiera aún reírse con estruendo, aunque la dentadura se le cayera dentro del tazón de sopa; que aún tuviera esta tonta manía de sorprenderse y estuviera impaciente por escribirle un final interesante a su historia; mi anciano sería joven y su cuerpo de viejo caminaría con un andar probablemente cansado, pero firme, y ayudaría a los jóvenes a construir el mundo que les deja, porque al fin y al cabo, tanta experiencia acumulada a alguien habría de servirle de algo. Mi anciano será valioso por eso y no le faltarán historias para contar, será como el Hierofante de los cuentos y no aceptará el exilio ni tendrá que convertir su hogar en un mausoleo prematuro, solamente vivirá y estará vivo hasta que tenga que dejar de estarlo.


Ahí está la simpleza con la que exorcizo mi miedo, se trata de un muy sutil pacto.


El tiempo de parto para dejar nacer a un anciano saludable y feliz es lento y laborioso, hay que prepararse mucho y cuidar del cuerpo que le dejarás cuando tu, joven, ya no estés más; armarle de un versátil arsenal de historias vividas y de recuerdos hermosos para cuando mire sobre su hombro, y seguro que lo hará, y que cuando recuerde al él que era cuando se trataba de ti, te recuerde con amor y orgullo, y te de las gracias, aunque sea muy quedo y uses sus orejas para escucharlo. Entonces sonreirás con sus labios y su sonrisa te parecerá hermosa, y no sólo a ti, y le verás marchar hacia el horizonte y entonces le dejarás ir, porque los ancianos son, en verdad, una raza bien aparte, originaria de eras míticas anteriores al tiempo y portadores de una sabiduría inagotable, como la del astuto Merlín, el místico Gandalf o el antiguo Salomón, de glorias ocultas y generosidad incansable, pero efímeros como mariposas, que vienen al mundo a darle una palmadita de aliento y luego se van, a la espera de que el mundo que construyeron les alcance a la vuelta de alguna esquina en la eternidad.


Así y sólo así. ¿Puedes percibir la magia?


Acá en mi mundo hay muchos como yo que le temen al tiempo y en lo que su efecto te transforma, que no lo entendemos ni leemos su significado, muy entre líneas, no vemos la responsabilidad que acarrea ni el honor que implica... cuando envejecer es cerrar con broche de oro la jorana incansable de un gran camino.

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