Contra el empacho por la vida y la acidez del despertar, las imágenes de un sutra para alivianarte tu Dharma.

1.12.06

Sutra de látex

Llegado tu turno, tomas el revólver de la mesa y lo levantas, comprobando cuán frío y pesado te resulta. Tu mirada, hipnotizado, no puede despegarse del cañón mientras lo vas aproximando lentamente a ti, subiendo hacia tu pecho con tu mano crispada alrededor de la cacha. Mecánicamente te ves poner los dedos sobre el barril con cámaras vacías, salvo por una bala. Lo haces girar con energía, y éste, obediente, da varias vueltas antes de detenerse y quedar listo. El revólver se vuelve más pesado, o así te lo parece, mientras lo acercas a tu boca que se abre cansinamente; luego, a lo largo de un segundo que dura eternidades, jalas del gatillo con el filo del cañón rozando tu paladar. Un resorte se libera, oyes un chasquido que martillea en tu mente con un eco que no vas a olvidar. Y no pasa nada, esta vez no pasó nada.

Y hasta ahí llega mi escueto intento literario sin un Mike Hammer, que sirve más para hablar un rato de azares y probabilidad que para emular a la gran Aghata Cristie. Por eso, rescatando mi tentativa y con afán de serle cumplidor al inexorable karma, sigámonos con resignación hablado de probabilidad en algo que podríamos perfectamente llamarlo: un Sutra de látex.

SIDA, cuyo significado de las siglas ya probablemente conoces, es una enfermedad con una nula probabilidad de infección; es decir, nadie en la historia se ha contagiado ni se contagiará de SIDA, y si te dicen lo contrario, si bien podrían no intentar mentirte, por lo menos estarán siendo ampliamente imprecisos. El SIDA no se infecta de una persona a otra; el VIH, el bicho que lo causa, si.

El VIH es un virus de tamaño despreciable, que no aguanta que le cambien mucho la temperatura ambiente o que lo sometan al oxígeno ni al agua, porque entonces al tipo le da por morirse, en un contexto donde el único virus bueno es el virus muerto. Pero si no se muere, si no lo enfrías ni lo mojas ni lo oxigenas, entonces se reproduce felizmente por todo el organismo, tanto y tan tenazmente que causará grandes problemas en aquél que se haya infectado. La bronca más conocida es el deterioro del sistema inmunológico que nos protege de sufrir enfermedades, otras más puede ser ciertos tipos de locura cuando se aloja principalmente entre células nerviosas. Una vez que esto pasa, entonces, con los síntomas, a la persona le da SIDA; antes de eso, quien tenga al virus seguirá siendo una persona sana... aunque portador del VIH.

Los seres humanos somos grandes bioterios ambulantes donde coexisten en tranquila armonía bacterias, virus y las células de nuestros tejidos; la armonía entre estos organismos es equivalente a la salud. La enfermedad y el malestar vienen cuando ese equilibrio se rompe y alguno de entre ellos comienza a agandallar a los demás, y el VIH, cuando entra a formar parte de este ecosistema personal, es de los primeros revoltosos en causar estropicios por doquier.

Así que infectarse de VIH no es enfermarse, pero incrementa la probabilidad de llegar a estarlo.

La mejor manera de infectarse de VIH es mediante una relación sexual con alguien que ya esté infectado y sin protecciones de barrera, como el condón. Pero la cosa no acaba ahí. A la probabilidad de infectarse, una vez que hemos tenido sexo que implique una penetración, ya sea increíblemente placentera, regularzona, francamente mediocre o, de plano, algo que preferiríamos nunca comentar, se le suma la carga viral de la persona que está infectada, es decir, la cantidad de virus nadando despreocupadamente entre sus células; si tiene muchos virus, será más probable que alguno de esos se pase de contrabando al cuerpo de la otra persona. Otro factor es el nivel de salud del que no esta infectado: si esta persona fuma, duerme mal, come mal y hace todo cuanto sea posible por debilitar su sistema inmunológico, va a tener las defensas tan bajas que ante la posibilidad de infectarse, el virus puede encontrar hospitalarios carteles de bienvenida al nuevo organismo, vino de honor y bellas edecanes que le hagan sentirse como en casa. La suma de estos factores genera una alta probabilidad de ser infectados si le ponemos con alguien que sea portador de VIH, lo sepa él o ella, o no; lo sepas tú o no.

Existen muchas personas que viven con el VIH dentro de sus organismos y no se enteran, porque están sanos y no se han hecho la prueba, pero pueden infectar a otros por descuido o por negligencia.

Al contrario: si tienes sexo con alguien que es VIH Positivo pero esa persona tiene pocos virus en su sistema porque toma medicamento u otras razones, y además tu haces ejercicio, duermes bien, comes chido y llevas una vida saludable, entonces la posibilidad de que te infectes baja aproximadamente al diez por ciento de la probabilidad.

Algo mucho más bajo de lo que esperabas, ¿cierto?

Ahora que, ¿jugarías ruleta rusa con un revólver cargado tan sólo con una bala? La apuesta es grande, porque se va la vida de por medio.

Otras maneras de infectarse es mediante el plasma sanguíneo; cuida bien del tipo de sangre que te transfieren cuando te llevan a cirugía, no vaya a ser la de malas... Sin embargo, en México, hay un programa nacional llamado “Sangre segura”, que te garantiza que toda sangre que se maneja en los hospitales es sangre super checada, que no tiene VIH ni otras sorpresas igual de desagradables. Pero cuando compartes la aguja de un compa mientras el grupo se inyecta alguna droga, no hay garantías; el virus puede viajar en calidad V.I.P. desde las gotas de sangre atrapadas dentro del canal de la aguja.

Como sea, no sólo es el sexo, también es cómo lo haces. La probabilidad de que te infectes de VIH al bajarte por los chescos y hacerle el oral a tu compañero, o llevar tu lengua a explorar las húmedas cavidades ignotas de tu compañera, es baja; poco probable que pueda haber una transmisión del virus. Si lo haces de una manera más institucionalizada, aplicando al siempre entusiasta miembro A en el participativo orificio B, sin condón, además del riesgo de un embarazo, también te enfrentas a una probabilidad media de infectarte ent tanto que haya involucrada en esto una persona seropositiva, o portadora del VIH. Y al que de plano le va mal en las probabilidades es al chivito en el precipicio. El sexo anal es el que mayor riesgo presenta cuando se tiene sexo sin condón y con una persona que porta el virus, por las heridas que pueden, si bien no siempre, presentarse en la pared del recto, ano y todo lo que anda por ahí.

A todo este rollo, lo oficial seria decirte en seguida: ¡DEBES usar condón para protegerte...¡ ¡USA condón...¡ ¡Es tu responsabilidad para protegerte y proteger a los DEMAS¡. Pero no. Nadie puede obligarte a usar un condón, ni violentarte para que lo uses o chantagearte; no lo uses para cuidar de otros, que es loable, pero lo mas importante eres tú y por quien debes elegir. Si quieres usarlo, bien; si no quieres usarlo, también.

Parece ser injusto que debamos protegernos en el momento en que hemos decidido ser más vulnerables, poner barreras cuando más deseamos tocar al otro o a la otra; o que nos toquen. Así que no hay obligaciones... todo queda en mi decisión cuando yo tengo sexo, o en la tuya cuando tu tienes sexo; pero para decidir algo que, en efecto, es muy importante, procura recordar qué es lo que apuestas y échale un vistazo a tu futuro. Si crees que no tienes nada que perder al infectarte y ante la posibilidad de adquirir el SIDA, va. Si consideras que el vivir siendo portador de VIH no interfiere con tus proyectos a futuro, y que puedes seguir adelante con el virus a cuestas, entonces no necesitas usar un condón.

...y si decido no usarlo, mi pareja también podrá decidir no coger conmigo. No es nada personal.

Sangre de Storyteller

A lo largo de la escalera, los peldaños se sucedían ordenadamente, uno después del otro, consciente cada cual de su lugar y de su función inalienable. A él le gustaban las cosas así, tanto caos en éste mundo y tanta falta que le hace un poco de orden y estructura. Había dedicado su vida entera a hacer cumplir esa consigna cabalmente: orden y estructura. Ahora, que subía las escaleras hacia su apartamento, sabiendo con toda certeza que esa noche sería la última vez, dejaba a su memoria vagar a la deriva por los recuerdos de su vida, con una mueca de satisfacción colgada de su boca. Había hecho de sus hijos hombres con estructura, había creado una influyente empresa con estructura y había enseñado a sus empleados que ellos mismos eran parte de una estructura; igual que estos peldaños que ahora atrapaban su atención, había enseñado a cada quien que cada cual tiene su lugar y su inalienable función.

La primera batalla que de joven debió librar fue consigo mismo; jamás aceptó dejar que su mente fuese el potro desbocado que la mayoría de los seres humanos permite. Él también tenía fantasías, sueños de criaturas increíbles y magia que se enlazaban por sí mismas tejiendo historias irreales que a veces contaba, pero a diferencia de la gente débil, con el tiempo había sido capaz de dominarse y doblegar con su voluntad todos esos distractores. Los silenció para sujetar con perfecto dominio las riendas de su mente. Habiéndola dominado, supo el secreto para dominar también a los demás. Así se forjó una vida exitosa.

El final de la escalera le aguardaba, viéndole subir encorvado y crónicamente fatigado como quien lleva sobre sus hombros un lastre acumulado por el paso de las décadas. Con la diestra se ayudaba de la baranda empotrada en el muro, con la izquierda sujetaba un bastón negro como el ébano, terminado en un puño cerrado que un artista había tallado en asombroso detalle; invisible a la vista, pues la mano del anciano se cerraba sobre éste como la garra de un ave de presa. Su bastón golpeaba la duela de los peldaños con un ruido sordo que reverberaba al interior del edificio, sus zapatos le hacían coro, y no había otro ruido que rompiera ese eco monótono y persistente; era como el sonido de un reloj marcando las horas y los minutos, uno tras otro, como los peldaños de una escalera.

Usualmente los demás inquilinos le evitaban al escucharle cerca de su apartamento; con algún pretexto mal improvisado se daban la vuelta siguiendo por otro pasillo, o fingían haber olvidado algo y se giraban sobre sus pasos. Algunos eran más cínicos que otros, pero esta vez, al menos, nadie le evitaba; ahora estaba solo. Los otros hacía días que habían empacado y abandonado el edificio número 57 de la calle Cipreses; faltaba un día para que los contratistas llegaran con las demoledoras y los camiones de la constructora, era probable que casi nadie echara de menos lo que en pocos meses se convertiría en la más lujosa galería de cine de culto en el centro de la ciudad.

Casi nadie. Sus pies se posaron firmemente en el suelo de la segunda planta y se apoyó en el bastón lo mejor que pudo, su otra mano se rehusaba a alejarse del todo de la baranda. Ya casi no tenía aliento, la maldita escalera se volvía más dura cada vez y él cada vez mas viejo. Se detuvo, con los ojos entrecerrados hasta que su respiración se normalizó lo suficiente, lo cual le llevó poco más de diez minutos en la solitaria penumbra de la segunda planta; no había prisa, su hijo vendría a recogerle en hora y media para llevarle al asilo que eligieron para él. Ya todo cuanto necesitaba llevar estaba empacado, pero no deseaba partir. Había pasado los últimos años de su vida en este edificio, había comprado el apartamento 3 de la segunda planta con los restos de lo que quedó de la empresa que fue suya y que un día se repartieron sus hijos para echar a andar sus propias empresas. Guardaba una secreta curiosidad por conocer el éxito que habían logrado a partir de sus logros, los de él, suponía que habría sido uno grande, pero no se atrevería jamás a preguntar, se quedaría con la historia de su propio éxito contado sencillamente a medias.

Afuera, en la calle, empezó a llover tras un par de relámpagos que inundaron de un brillo azul la media luz del edificio. La lluvia en pocos segundos abatió salvajemente contra el ventanal de la entrada; por el escándalo que solía hacer contra el cristal, a veces parecía que en cualquier momento podría estallar en mil fragmentos. Nunca había pasado. El viejo solía decir que ese vidrio era lo más sólido de todo el edificio, mientras desde la segunda planta miraba embelesado los últimos haces del ocaso atravesando al transparente San Jorge y su Dragón que moría malherido por el filo de la espada. Un auto pareció frenar bruscamente sobre el asfalto, el rechinido de sus llantas le llevó a hacer una mueca de disgusto, lo cual no significó un cambio notable en el gesto pétreo de rostro.

Sobre la alfombra roja se ahogaba el sonido del bastón que pasaba frente a las puertas vecinas. Estaban cerradas, y por lo que a él concernía, siempre lo estuvieron. Nunca encontró a nadie en ese edificio que fuera lo suficientemente interesante como para justificar una charla con inversión superior a la de cinco minutos. Murmurando al respecto, mirando la alfombra más por el habito de esquivar las miradas que por la precaución de evitar un tropiezo. Abrió su puerta con una ligera presión del hombro; no veía el caso de cerrarla con seguros ahora que no había nadie más que él.

Se acercaba la media noche, la lluvia no parecía tener intensiones de amainar y el ruido esporádico de los autos irrumpía con violencia en el silencio. En ocasiones también sonaba un claxon, de repente una voz femenina solicitando un taxi, y esta vez, particularmente, incluso el sonido de cascos de caballo pasando ante el portón del número 57.

Frente a la puerta de entrada a su apartamento había un gran librero de pared a pared y de techo al piso, atiborrado de elegantes volúmenes de economía y finanzas absolutamente libres de polvo, esmeradamente cuidados. Eran sus libros, todos esos eran suyos porque él los había escrito. En cada ocasión que cruzaba la puerta de su apartamento, se detenía a mirar sus trofeos de una vida, a sus verdaderos hijos, como él los solía llamar. Unos pasos más, hacia adelante, giró sobre sí mismo para contemplar la estancia con la escasa luz que entraba desde el pasillo. Su vieja sala europea, sus tapices persas, sus jarrones florentinos, su pequeño santuario; los fue recorriendo con la mirada y mentalmente repetía una despedida para cada uno de esos objetos, sabiendo, muy adentro de su ser, que en realidad se despedía con nostalgia, de sí mismo.

Tres golpes le arrancaron su ánimo abstraído, el sonido había subido claramente por las escaleras, algo más ágil de lo que minutos antes él lo hubiera hecho, desde la puerta a la calle. Su hijo, no cabía duda. Súbitamente un nerviosismo le recorrió la espalda, hasta la nuca y la mano libre que, ahí, se rascaba los cabellos con cierta manía. Era su hijo. No le veía desde que se instaló para vivir en la calle de los Cipreses hacía treinta años, probablemente él había cambiado, probablemente a él le encontraría más viejo. Se vio a sí mismo en una imagen mental con la que se comparaba su aspecto hacía treinta años con el cansancio senil que tenía esta noche. Sintió pena de sí mismo, se reprochó haberse dejado envejecer y hacerse débil y frágil. Llamaron a la puerta de nuevo, entonces recordó que habían cortado la electricidad esa misma mañana, quizá para ejercer algo de presión contra los últimos inquilinos. Jamás relacionó que por ello el timbre no serviría. Llamaron una vez más: tres nuevos golpes contra la puerta.

Gritó algo lo más alto que pudo, a su edad no podía mucho, y jaló hacia sí un par de maletas que aguardaban cerca de la sala. Comprobó con una revisión visual que en realidad ya lo había empacado todo. Dejó escapar un suspiro largo y se dirigió hacia la ventana para cerrar las cortinas de un tirón. Seguía lloviendo y quien llamaba a la puerta, lo hizo una cuarta vez. Con su pulso incontrolable, acarició al gato gris con el que había vivido los últimos meses y éste se erizó sorprendido, sobre el puf en la que se encontraba, evidentemente muy poco habituado a las caricias. Cerró la llave de paso para el gas, comprobó a tientas que los apagadores de luz estuvieran efectivamente apagados y con gran esfuerzo, tiró de sus maletas hacia el pasillo, fuera de su apartamento. Se hizo dentro de éste la más completa obscuridad una vez que cerró la puerta; había olvidado su bastón recargado en el librero.

Llamaron a la puerta de nuevo, tres golpes con la misma cadencia pausada de las veces anteriores. Jaló su equipaje lo más de prisa que pudo y el ver las otras puertas le hizo pensar que detrás de ellas había apartamentos, a diferencia del suyo, completamente vacíos. No se detuvo demasiado en ello. Llegó al borde de la escalera y no supo como bajar con su equipaje; lo dejó ahí y empezó a bajar sin el. Había la silueta de alguien dibujada por las luces de los autos detrás del cristal de la puerta. Le vio tocar de nuevo y girarse como a punto de partir. El anciano abrió su boca sin emitir sonido, sin aliento, se apoyó con ambas manos de la baranda y aceleradamente empezó a bajar, aún alguien alto y delgado, con la cabeza cubierta por la capucha de un impermeable, esperaba junto a la entrada con marcada impaciencia, en la calle, a un par de pasos de la puerta.

Entonces, nuevamente oyó los cascos de un caballo, quizá de dos. Se esforzó por acelerar su descenso aún más, pero ello le restó precisión. Su pié se apoyó solamente en la esquina del peldaño y giró llevándose consigo el peso completo de un cuerpo que se desplomó sobre las escaleras. El hombre rodó hacia abajo hasta que el primer peldaño, al pie de la escalera, recibió su cabeza con un afilado borde. La muerte fue instantánea.

Más allá de la puerta, la figura que aguardaba dejó de llamar, se dio la vuelta y se le escuchó como, hablando con alguien con quien al parecer acababa de reunirse, se alejaba hacia la calle, abría la puerta de un carro, la cerraba un minuto más tarde y con el ruido de cascos sobre el asfalto y el relinchar de los caballos, dejó atrás aquél lugar.

El silencio se hizo absoluto. Dos maletas se quedaron escaleras arriba, abrazadas por la penumbra que se obscureció todavía más. La luz blanquecina de las farolas aún entraba por el ventanal de San Jorge y bañaba con extraño brillo el pié de las escaleras donde la alfombra roja brillaba con el tono metálico de la sangre que brotaba a borbotones desde la herida fatal, formando un charco tibio con su diminuto oleaje y una marea sutil, apenas insinuada.

Desde la herida abierta, el cuerpo daba la impresión de deshilvanarse a jirones, dejando escapar con parsimonia decenas de hilos rojos y cálidos que iban reuniéndose caprichosamente, formando, como por accidente, los contornos de múltiples quimeras que hasta entonces se dejaban despertar: por aquí un monstruo tímido del armario de algún niño de seis años que alguna vez lo imaginó; por allá un pequeño dragón de los sueños de ese mismo niño, con sus alas extendidas sobre los irregulares bordes de la alfombra. Un elfo de escasos centímetros brotó, de pronto, buscando a un amigo en la superficie de la escalera; una flor escarlata de hermoso contorno creció como enredadera unos centímetros adelante, aprovechándose de un hilo de sangre que ascendía trepando en el aire. Había arañas con torso de hombre evocadas por la pesadilla de un soñador que se resistió a morir; y también libélulas doradas con escamas de rubí, que salieron volando a toda velocidad, escaleras arriba, mientras un fauno de escaso tamaño les miraba partir con la mayor incredulidad.


Por fin, de repente la lluvia cesó. Un auto se detuvo frente a 57 de Cipreses y de él se apearon dos figuras que llegaron hasta la puerta para introducir la llave en la cerradura. El hombre, quien traía de la ano aun niño de aire somnoliento, llamó a su padre una vez hubieron entrado, sin recibir respuesta. El vestíbulo se iluminó en cuanto accionó el apagador, cerró la puerta y tras pedir a su hijo que le esperara, subió por las escaleras sin percance alguno. Arriba había dos maletas preparadas, nada más.


Revisó el apartamento que, a decir verdad, nunca antes había conocido; sin embargo reconoció el estilo y el gusto, ambos le remitieron a su infancia y le reconfortó la familiaridad. Un gato gris le sorprendió al salir corriendo de ahí y él resolvió seguirlo fuera del apartamento. Tomó mecánicamente un bastón negro que descansaba apoyado en un librero y salió con el. Buscó a su padre recorriendo los demás pisos y los otros apartamentos sin hallar a alguien y sin que nadie le respondiera cuando gritaba. Finalmente, frustrado, regresó al vestíbulo.


Para su sorpresa, al asomarse por un lado de la escalera encontró a su hijo con la mano extendida y su dedo levantado hacia la araña de cristal que iluminaba la estancia; en sus ojos, ahora totalmente despabilados, creyó ver una expresión combinada de asombro y fascinación, mientras se percataba que no era a la lámpara a lo que el niño apuntaba con tanta insistencia, sino a un diminuto dragón de alas rojas que volaba en espiral a escasos pies encima de su cabeza. Igualmente fascinado, al acercarse a su hijo, llegó a sus oídos como desde muy lejos la voz de su padre en un suave eco que contaba, como solía contarle mucho tiempo atrás, cuando era niño: “Había una vez, en un reino gobernado por un rey tiránico, un pequeño dragón de alas rojas atrapado en una prisión de cristal...

Sutra de la identidad

Y a todo esto, ¿Quién dices eres tú?; ok, más allá de cómo te llaman, que no me dice demasiado y mucho más allá de esas frases hechas que nos son tan comunes que han dejando de decir algo, ¿Quién eres tú? ¿Cómo defines lo que eres y, sobre todo, de que manera sientes?


Hace unos meses, cuando tomé la decisión de hacer la tesis para convertirme en psicólogo hecho y derecho, lo hice porque tenía el capricho de rascarle más al asunto de la identidad. Tiempo después, durante el desarrollo de ésta investigación teórica aterrizada en la cuestion gay, me he sorprendido ante el alcance que este sencillo concepto tiene; no sólo por su belleza teórica que, por teórico, a nadie le sirve, sino por la posibilidad que tiene para dar explicaciones acerca de lo que nadie se pregunta, pero que a todos nos mueve... de alguna manera.


Por ejemplo, ¿Te has detenido a pensar cuantas cosas tenemos seguras en la vida? O dime una verdad que sea absolutamente irrefutable.


Ok, tal vez la he puesto muy difícil. No me consta que la tierra sea redonda, pero lo creo porque eso me han dicho. Es la versión oficial. Ni me consta que Japón este en Asia, jamás he ido a comprobarlo. No estoy seguro de que Cortés, Colón y Jerónimo hayan existido, o Sócrates, o la Atlántida; pero algo que si puedo garantizar con absoluta convicción es que yo estoy aquí, escribiéndote para que leas esto. Se también que soy un hombre, que soy más alto que el promedio, más viejo que unos, más joven que otros... Y aún cuando todo en el mundo esté incierto, aunque nada sea seguro y todas mis convicciones se pudieran quebrantarse, aún así sabré que hay algo cierto a secas: que soy yo quien está ahí, tratando de entender lo que sucede.
Denme una palanca y moveré al mundo. Igual funciona con una certeza.


Ah!, pero no puede ser tan simple. Ya Heráclito decía que lo único constante en el universo es el cambio mismo. Pantha rei, todo cambia. No puedes bañarte dos veces en el mismo río, porque ese río de aguas mutables ha cambiado al mismo instante en que le has dejado atrás y, peor aún, tú dejaste de ser ese que momentos antes había entrado en sus tibias aguas. Te transformas mientras lees mis líneas, te conviertes en algo distinto al desplazarte por el tiempo, por el espacio, por las experiencias que vives.


El Tao te cambia.


Siempre una misma ecuación, pero las variables cambian, volviendo la fórmula cada vez más exacta, más perfecta, incluso mas sabia. ¿Notas tú como cambiaste de ayer a hoy? No eres el mismo, no piensas igual, ni sientes de la misma manera. ¿Maduraste?, ¿Creciste?, eso no lo se, pero has cambiado y la definición que haces de ti mismo también lo ha hecho. Tu identidad cambió y lo seguirá haciendo.


Identidad es eso que dices que eres ahorita, y aquello en lo que quieres convertirte. Un hombre soltero de mediana edad. Ese es mi caso. Sin embargo, cuando me haya casado, si lo hago, esa definición que tengo de mí ya no va a servir, y me veré forzado a abandonarla y hacerme otra que me quede bien. ¿Has notado como se siente eso? Cuando te das cuenta que lo que creías ser, ya no lo eres más.


Lo único que tenemos seguro es que somos lo que sabemos que somos; y si cambiamos deberemos de ajustar nuestra identidad, a la brevedad, hacia nuestro nuevo modo de ser y de estar. El niño se vuelve un incierto adolescente, el estudiante debe ahora buscar trabajo, el soltero ve que se ha casado, el expatriado ya no es más paisano de sus padres. En cada caso se trata de renunciar a ser lo que fuimos y transformarnos en algo nuevo, o quedarnos fingiendo que nada ha cambiado y que aún somos lo que, en realidad, no seremos más, lo que no tenemos necesidad de ser más.


Al fin y al cabo, solo somos lo que hacemos para cambiar lo que somos.


Hay que renunciar y dejar morir la piel que ya no utilizaremos; la que nuestros padres conocieron, nuestros amigos, nuestros rivales. Pero renunciar no es sencillo, y suele doler mucho y asustar profundamente.


Eso es la identidad, un proceso de construcción, a pulso, de nuestra mayor obra: nosotros mismos. Hacia donde nos llevamos, en que elegimos transformarnos y que a pieles nos aferramos sin querernos desprender. A veces es tranquilo y paulatino, como el crecer del día con día; otras es súbito y violento, como la muerte del marido de la que a partir de ahora será viuda, pero siempre hay que dejar ir, soltar los lastres para que el peso de lo que hemos sido no nos doble la espalda y canse nuestro espíritu.


¿En qué te estás transformando ahora?

Una tierna obsesión

Tanto tiempo había pasado desde la última que sus labios se encontraron con los suyos, tantas noches, tantos días, que en la pantalla de sus recuerdos ya habían empezado a desdibujarse los rasgos de aquél rostro que él le había jurado amar por siempre. Su sonrisa. No podía permitirse olvidar su sonrisa. Él la había amado desde el primer momento, tras la primera mirada, aún sin el consentimiento de su reacia familia. La amó incluso la mañana en que les vio abordar el auto de su padre con rumbo a las vacaciones de ese verano y ella dejo caer, como por accidente, una nota de papel diciendo: no me olvides, te estaré esperando desde mi lecho la noche de nuestro aniversario; se paciente...

De este día, hacía tres años que se habían conocido, la primera tarde de noviembre, cuando surgió un inesperado romance del que nacieran las más profundas penas y la más embriagante de las alegrías. Esa tarde inolvidable fue como lo es esta, con un ocaso naranja incendiando el horizonte, las copas de los cipreses enmarcando un sol lánguido y la gran verja de tosca herrería que le separaba del cuerpo de ella irguiéndose como una muralla a mitad de su camino. El sonrió con una mueca torcida, sabía para su coleto que pocas barreras son suficientes para entorpecer al amor.

Aguardó a que la noche fuese competa y a que no hubiese más iluminación que el natural brillo de la Luna. Esa noche la Luna estaba llena. Llevó sus pasos lejos de la avenida, a lo largo de la interminable muralla por la que no podría cruzar ni una rata, y al cobijo de los árboles, trepó y trepó con una agilidad sorprendente, con una fuerza en cada uno de sus miembros infundida tan sólo por los jirones de recuerdo de los que su consciencia se aferraba, como quien se aferra a un clavo que arde. Se detuvo al llegar a lo mas alto, respiró la atmósfera fría y a sus oídos no llegó un solo ruido, nadie, en el oscuro edificio donde la familia de ella descansaba esa noche, estaba despierto. Entrecerró sus ojos llamándola por su nombre, le avisaba de su llegada asegurándose a sí mismo que ella escucharía su pensamiento. Tanto y tan grande era su amor por el, y mayor aún el que él le prodigaba a ella.

Descendiendo del otro lado le faltó el cuidado que tuvo al subir en un principio; calló tras un descuido y un dolor agudo le escaló de un tirón la pierna. Nimiedades, afirmó a la noche en un susurro. Avanzó a paso renqueante por los jardines, apoyándose de cuando en cuando sobre alguna de las incontables esculturas que habían sembrado por doquier. El césped estaba espeso y crecido, ocultando inintencionadamente las placas de concreto de algún viejo camino que llevaba al edificio. Un largo camino, sin duda.

Desde arriba, a sus oídos parecía llegarle su risa pueril arrastrada por el viento, jugueteando con los árboles, arrancándole hojas que le caían, como una dulce lluvia de caricias, rozando sus mejillas, su pecho, sus hombros. Ella solía decir que de él le gustaban sus hombros, la forma en la que besaba y el modo entregado en que la abrazaba; era un hombre con mucha energía, solía decirle, luego de libar de su aliento en un beso inolvidable. Cada uno de sus besos lo era, podía recordar a detalle cada ocasión en que sus labios se resistían a renunciar a los suyos, a sentirla tan tremendamente cerca, palpitando su pecho a tan sólo un latido del suyo. Ninguna fuerza en el universo era suficiente para separarlos, su andar el la oscuridad de la noche era prueba material de ello; no necesitaba ver la dirección ni el camino, bastaba seguir el pulso de sus latidos que percutían contra el seno de la noche con un eco ensordecedor.

Por fin la Luna le mostró que había llegado, dejando atrás los cipreses oscilando en réquiem al ritmo del viento. La entrada estaba ahí, dando frente a un edificio no tan grande como lo había parecido a la distancia. Había, sobre la puerta, una cruz tan llamativa que parecía de mal gusto y a los costados un par de famélicos ángeles a medio cuerpo emergiendo del muro con un dejo insinuadamente gótico. A ella siempre le gustaron esos asuntos, jamás creyó que podría convencer a sus padres de montar un decorado así; pero, después de todo, bien sabía que ella era tremendamente convincente.

Con una ganzúa violó de un crac el candado y la puerta cedió emitiendo un rechinido que podría despertar a los muertos más renuentes. Se abrió paso entre la oscuridad más absoluta, guiado por su intuición hacia el lecho de su amada, tropiezo tras tropiezo. En su ceguera dejó a sus manos participar de la búsqueda, tocando en una ocasión el muslo de su pierna que encontró extrañamente húmedo, particularmente doloroso. Debió detenerse a tomar un respiro, llevó ambas manos a la herida en su pierna mientras se resolvía nuevamente a restarle importancia. Una vez que estuviera con ella, tendría la fuerza para encargarse.

El aire que respiró estaba viciado, casi sofocante, mas él interpretó que se trataba de su ansiedad y que por ello le costaba tanto respirar. Sin embargo respiraba, aún.

Ella supo que él llegaba, pero había aguardado tanto que se negó a aceptarlo a la primera. Temía más decepciones. Sin abrir los ojos ni moverse un palmo, le escuchó acercarse mientras su descuido causaba sonidos que se tardaban en extinguir. Ella, a diferencia de él, sabía que papá y mamá no despertarían, que no había razón para tener cuidado; ya, desde que era niña, sus padres tenían un sueño Increíblemente pesado. Encontró divertido, sin embargo, imaginarlo torturado por la angustia de tratar de ser silencioso, sin conseguirlo.

El la encontró finalmente, recostada, envuelta en el cobijo de una tela suave como la seda o como el tacto de su piel. Ansiaba locamente sentir su piel. Siendo dulce al sentirla, recorrió los contornos de su delgadez hasta llegar a sus manos, tomó una de ellas con delicadeza y se esforzó por no ser brusco al despertarla. Que delgada se sentía, que fría. Siguió con el tacto la senda de su brazo, hasta el hombro y cruzó por el cuello, ascendiendo por el mentón donde podía adivinarse una sonrisa. Ella había despertado, pero no decía nada, disfrutaba del juego y se dejaba tocar, sentía el roce sobre sus mejillas y el contacto era delicioso, electrizante, incluso en las partes pequeñas en las que la muerte le había arrancado la piel. Él tocó sus labios y, entonces, sorprendido, retiró su mano bruscamente. Tarde recordó que su mano había estado mojada por su propia sangre, horrorizado y sintiéndose profano, se dio cuenta que había manchado el vestido de su amada y su mano, su rostro, su boca.

Ignorando el dolor dejó caer sus rodillas, quedando a su altura ella para murmurar frases de disculpa, ella abrió los ojos y paulatinamente movió el dorso de su brazo hasta sentir los dedos de aquél hombre, Se giró sobre el costado, tomando su mano crispada y sujetándola con firmeza, en un incipiente intento por parecer cálida, al tiempo que movía sus labios tratando de decir algo, mas no tenía palabras para decir, y tampoco lo necesario para pronunciarlas. Dejó escapar un gemido débil y atrajo la barbilla del enamorado cerca de la suya, los labios de él cerca de los suyos.

Él sintió una descarga recorrer todo su cuerpo, su sólo contacto con ella era tan tremendamente parecido al orgasmo. La sangre se agolpaba en sus sienes, sus manos temblaban y, mareado, por un instante creyó que moriría de felicidad. Estaba equivocado.

Ella no paró de beber hasta que tuvo a su lado un cadáver seco que rodó por sí mismo hacia las baldosas. Se sentía despierta, despierta como hacía meses no sucedía, y viva. La deleitaba el éxtasis de esa sensación; degustándola, con absoluta lentitud, se incorporó llevando sus pies al frío suelo, gozó de esa frialdad mientras sus pasos la condujeron al exterior de la noche, donde ya la esperaba un baño fresco de luz de la Luna. La puerta por iniciativa propia, a sus espaldas, se cerró despidió un chillido agudo que le sonó a despedida. Ella se giró un poco sobre sus últimos pasos y, tocando la lápida de la familia, con un ligero roce de la yema de sus dedos borró en la roca su nombre y apellidos, que cayeron al viento como arena fina, mientras su gesto dibujaba una roja sonrisa.

Cruzó el bosque de cipreses en absoluto silencio, pero a paso ágil, y atravesó la verja, que se abrió por si misma, como empujada oportunamente por el viento. Salió entonces a la calle, más iluminada y escasamente concurrida. Quien se encontrara con ella, además de notar su belleza inhumana, difícilmente podría adivinar de quien se trataba, ni cómo un accidente en la carretera le había dado muerte meses atrás. Tampoco importaba, la noche apenas empezaba y ella aún tenía algo de apetito extra para saciar antes del alba.

Sutra diabético

¿Sabía usted que la diabetes tipo 1 afecta principalmente a los jóvenes, con una prevalencia que aumenta a un ritmo de 3 por ciento anual?

¿Y sabía usted que la diabetes tipo 2 representa hasta 95 por ciento del total de casos de enfermos por diabetes y su aumento se atribuye a la urbanización, altas tasas de sobrepeso y obesidad, sedentarismo y mal manejo del estrés?

¿Sabía usted que esta enfermedad es responsable de más de un millón de amputaciones al año, de la mayoría de casos de ceguera y es la principal causa de insuficiencia renal en los países en desarrollo?

Y lo anterior, nada más por no mencionar que la diabetes mellitus ocasiona la muerte a 3 millones de personas en el mundo, y la tendencia sigue en aumento, pese a que desde hace años se tiene conocimiento de los mecanismos para prevenir este padecimiento y de la amplia gama de medicamentos para controlar los niveles de azúcar en la sangre.

Hablamos de un problema de descontrol metabólico que afecta hoy a más de 230 millones de personas, es decir, 6 por ciento de la población mundial, a las cuales se suman cada año 6 millones más, incrementandose un 50 por ciento cada dos décadas... bueno, en los países en desarrollo, como el nuestro, el incremento podría ser hasta del 170 por ciento en el mismo periodo, porque de hecho, siete de las 10 naciones con el mayor número de enfermos pertenecen a economías en vías de desarrollo.

Sin hacernos de la vista gorda, México ocupa el quinto lugar mundial de incidencia, porque aca, nada más el 11 por ciento de la población, es decir, 11 por ciento de nuestros vecinos, amigos, familiares y etcétera, tiene diabetes.

Desde el 2000, México ocupa el primer sitio en la tabla de mortalidad general, cada 10 segundos se produce una muerte por alguna complicación derivada del descontrol metabólico, por lo que cada año el número de decesos es de 3 millones, cifra similar a los estragos del VIH/sida. Y aún hay más, porque la tasa en cuestión va a elevarse 25 por ciento en la siguiente década.

La Organización Mundial de la Salud, ese vizantino organismo de la ONU, ha calculado que de persistir esta situación, la diabetes podría reducir la esperanza de vida global por primera vez en 200 años.

¿Y cuales son las acciones que pueden prevenir el que una persona desarrolle Diabetes? Que tal bajar de peso de 5 a 10 por ciento o caminar 30 minutos cinco veces a la semana...

La diabetes mellitus se ha convertido en una pandemia (obviamente a nivel mundial) similar a la del Sida, debido a que el individuo promedio se resiste a romper con su vida sedentaria (hacer ejercicio cotidianamente, vamos) y someterse a una ingesta responsable de alimentos. Los intentos por reducir la incidencia, por parte de los diferentes organismos de salud, no son fructíferos dado que las personas se niegan sistemáticamente a cambiar su estilo de vida con el fin de prolongarla.

El individuo tipo se levanta de prisa por la mañana, come cualquier cosa, antes de correr al trabajo; al medio dia se muere de hambre y toma café y fuma para mitigar la sensación, a la hora de la comida sale a la calle y con los demás del trabajo pide cinco o quince tacos de maciza y un chesco para acompañarlo, fuma su cigarrito y vuelve a su escritorio para seguir con la chamba.

A la hora de la salida, todavía de día con eso del cambio de horario, va a casa a descansar; porque ahora que tiene tiempo para hacer algo distinto a lo que hace en el trabajo, ha decidido no hacer nada para sacudirse un cansancio del que al final no se podrá desprender. En algun momento, mientras hace zapping al televisor, se le ocurre el que la próxima semana quizá salga a correr o se inscriba en algun gimnasio...

Se queda dormido en el sillón mientras una nueva mañana comienza a colarse incidiosamente por la ventana. Se levanta, come cualquier cosa del día anterior, tal vez unas papas Mc Donall's o un trozo de algo e inicia la rutina de todos los días mientras la panza se le va bajando... a las rodillas.

Conocen el desenlace de esta historia: un caso más para agregar el registro de incidencia nacional de diabetes; una campaña que promueve una vida sana y que a nadie sencibilizó; un hombre que muere prematuramente dejando tras de sí a una familia que ira, con su duelo a cuestas, al fast food un poco después de haberse terminado el funeral.

Sutra encantado

¿Quién no ha visto alguna vez un pequeño círculo de piedritas abandonado en algún cruce de caminos escasamente frecuentado? ¿O escuchado, tal vez, el canto de sus voces níveas cuando sopla el viento por entre las copas de los árboles? Ellos están ahí, sin dudas y todo el tiempo, evitando el contacto con el hierro frío, las viejas herraduras y el tañer mortalmente ensodecedor de los campanarios. Se trata de la gente amable, son los peligrosos bromistas de sabiduría inalcanzable. Eso lo son ellos, y esto, al menos hasta ahora, no es otra cosa que un suave Sutra encantado.


Despierten al pobre de Rip Van Winkle, que esto posiblemente podría interesarle.


De entre las historias que se escuchan una vez que cae la noche, las que oyen los que prestan la suficiente atención cuando la vida en el mundo humano se extingue en forma aunque sea temporal, se cuenta que, haciendo ya muchos ocasos de ello, hubo en los cielos una titánica rebelión cuando los ángeles se levantaron contra la divina autoridad de quien les dió existencia; y entonces, sobre la tierra, las montañas y los mares se cernieron incontables y sombríos días de tormenta. Creación entera estuvo envuelta en caos y penumbra, sometida a la expectativa de aquello que escapaba infinitamente de su limitado entendimiento.


Se cuenta que en esta lucha se forjaron tres sólidos bandos celestiales: el primero combatió con furia defendiendo a su señor a capa y espada, el segundo nació con heroísmo de los ideales disidentes, hasta que, como bien explica Milton, fué arrojado al Abismo luego de su derrota. Mejor reinar en los infiernos que vivir en el Paraíso sirviendo, tal fue el slogan en los panfletos que repartió la guerrilla elohim de un rincón al otro del firmamento. Sin embargo hubo un tercer frente que no trascendió en las historias, uno olvidado por haberse conformado por todos los ángeles que eligieron no tomar un partido hacia uno u otro bando; permanecieron pacientes y vigías hasta el desenlace, sin intervenir, creyendo poseer, quizá, una sabiduría especial que les revelaba que un suceso así había de ocurrir para preservar el sempiterno balance.

Tras la cruenta batalla llegó la calma y la paz, además del castigo contumaz para los vencidos. Para quienes apoyaron la causa rebelde se destinó el tan bien consabido exilio eterno; para los que defendieron el sagrado status quo no hubo gran cambio en realidad; y a los últimos, quienes sólo observaron el desarrollo del conflicto, se les arrojó del Paraíso y se les condenó también al exilio, pero el suyo no habría de ser en el negro y malllevado Abismo, sino en la tierra, los mares y las propias montañas donde nace la vida.

Cayeron sobre Creación donde algunos se alojaron en los pueriles juegos del viento, otros se cobijaron en la tierra donde tejieron raíces y ramas, unos más no pararon de danzar extasiadas entre las llamas de mil fuegos, y las últimas se adentraron con las aguas en los más secretos confines. Los hombres y las mujeres les reconocieron de inmediato, nada más verlos, y se familiarizaron con ellos, les frecuentaron en sus moradas, forjaron pactos y les dieron nombres, obsequiándoles identidad, forma e intensión.

Así surgieron las hadas.

Y como las hadas fueron un día elohim, no estaban obligadas a morir; así que ayudaron a los humanos a comunicarse con sus muertos, a traerles de vuelta o a llevarles a las tierras sombrías para encontrarse con sus seres amados. Gran poder es el que ellas tenían, se cuenta, e igual temor era el que inspiraban en quienes invadían en sus territorios. Centenares de historias describen los conflictos que entre hombres y hadas se libraban en la búsqueda de la armonía y la buena convivencia, cosas que no siempre resultaban posibles de lograr.

Algunos, los más traviesos, tenían intensiones muy poco gratas, por no decir peligrosas. Se dice que en las tierras de un antiguo reino, en lo que hoy en día es China, estos espíritus malignos encantaron las casas y mataron al ganado, poseyeron a los hombres y maldijeron su progenie por entero, hasta que el regente llamó de los cuatro puntos cardinales a sabios circunspectos que solucionaran el problema; si bien tomó mucho tiempo esperar a que llegara uno que trajera consigo la solución. El último sabio, ante la sorpresa de la corte y del gobernador mismo, solicitó traer miles de espejos de todos los tamaños y formas, y de uno en uno, de casa en casa y día tras día fue encerrando tras de sus superficies de cristal a los espíritus que tanto pesar habían causado.

Empleó tantos que aún en nuestros tiempos es peligroso romper algún espejo, ya que uno de estos seres encuentra así la oportunidad de liberarse y volver a causar el mal de antaño durante siete largos años; siete años de mala suerte.

Para el rey Salomón la situación no fue más sencilla cuando 10 000 demonios hicieron de las suyas en su árido reino muchos años después. Miles de sacerdotes Taftani perdieron la vida en el esfuerzo por detenerlos hasta que su mismo rey se levantó del trono, caminó hasta encarar a las hordas hambrientas y bajo su mandato supremo, cada efrit maligno y djinn quedó atrapado bajo el poder de su sello: el Sello de Salomón.

Relaciones tensas, sin duda, y sin las suficientes delicadezas de la diplomacia.

Pero no hay que pensar que estos seres han estado en la tierra causando sólo penurias, pues memorable fue el día en que las hadas, por otra parte, compartieron sus secretos con una anciana mujer, hace ya muchas lunas, en la oscura intimidad de un claro del bosque, enseñándole a curar y a leer el destino, entre otras tantas cosas; todo cuanto fuera necesario para hacer de ella la primera bruja entre los mortales.

En África los Eshu traen a los hombres el mensaje de los dioses, en Irlanda los Sidhe brindan fabulosos obsequios a quienes les encuentran, las ninfas Inglesas prestan a domicilio espadas legendarias, los Sluagh alemanes susurran inconfesables secretos… En general esta “gente amable” puede ayudarle muy bien a uno si se les sabe tratar con la adecuada gentileza; aunque también es cierto que no habrá gentileza que baste para dialogar pacíficamente con un hambriento Red Cap en Gran Bretaña que no te desee invitar a cenar; ni impida que un malhumorado Knocker esconda tus llaves cuando más prisa tienes por salir de casa; o que un inocente Alushe trate de deleitarse con un pequeño sorbo de tu alma, aunque sea. Esos son, para algunos de ellos, sus usos y costumbres…

Pero hay un pacto con los hombres que facilita el trato, sin trucos; un pacto de tregua que solamente se rompe un día al año; los druidas silvanos le conocían a ese día tan único como el Samhein. Se supone que por 24 horas, desde las primera hora del día, minuto después de la media noche, hasta el último segundo de la media noche siguiente, las hadas entran al mundo de los mortales y son libres de hacer cuanto les dicte su capricho, sin importar cuán torcido y perverso sea su deseo; tal puerta queda abierta y también los muertos pueden volver y visitar a sus familias, beber su vino y, felizmente, comer de sus mesas.

La magia real del Samhein es que el velo que cubre a las hadas de la mirada de los hombres se levanta nuevamente cuando la fiesta termina, trayendo consigo el olvido entre los mortales y la vigencia renovada del pacto ancestral.


"...que lo haya imaginado, no quiere decir que no exista..."


Así pues, ¡¡feliz Samhein a todos!!, especialmente a Kat; y cuídense de los cruces de camino, de las doncellas hermosas y de los ofrecimientos extraños... uno nunca sabe cuando puede ser objeto de las inesperadas bromas de algún Pooka.

Sutra generacional

¡Bueno ya!, seamos francos. No es una casualidad el que sean los niños de treinta años quienes consumen con asidua enajenación las figuritas de acción de He - Man o se mantengan a la expectativa por la nueva serie de X Men que publica Marvel Comics, ni es azar el que las caricaturas al estilo de Fairly Oddparents para niños incluyan más gags y chistes para adultos que para menores; no, tampoco. La realidad cruda y llana es que los treintañeros, similares y conexos, nos hemos apoderado del mundo.


Inserte aquí una extensa risa maniática y perversa ( e. r. m. y p. ), gracias; ahora empecemos un Sutra generacional.


Puedes saber que te encuentras entre personas que van paulatinamente abandonando sus veintes, o que ya les han dejado atrás recientemente, cuando les sorprendes aglomerados en grupo y sumidos en una apasionada charla que aborda temas tan tremendamente polémicos como los volátiles pechos de Afrodita, la robot gigante aquella con proyectiles por busto y que bien podrían dejar estúpidamente callado el rollo aquél del “pecho bueno, pecho malo” de Melanie Klein; o acerca del mono ese que le gritaba a la Estrella Lunar de Limbo para que le diera el poder, la fuerza, la facultad y no se que tantas cosas con tal de ser invencible. Los treintañeros, similares y conexos, no solo recuerdan al Esclavo que decía “…chi, chi, chi, amo”, o al tipo vendado hasta el cogote que quería en cada episodio deshacerse de “este cuerpo decadente”, no solo recuerdan quien era Tigro, Pitufina, Bell y Sebastián y hasta la sripper esa que enseñaba las pelotas cada vez que su diamante mágico que le daba poder la volvía una no se que cada vez que ella quería. No… Los treintañeros y los que oscilan cerca de la edad son, incluso, capaces de desarrollar toda una exégesis al respecto de estos entes con argumentación, teorización y metodología toda vez que alguien mencione, siquiera mencione aunque sea tangencialmente algo que les traiga algo sobre esto a la cabeza.


Inténtalo un día, nunca falla.


Cuando yo era niño había respetables señores de treinta años, incluso de veintiocho, hombres y mujeres de bien y con el prestigio de toda persona que ha sentado cabeza; además de los niños tirándoles de la manga, la barriga chelera del hombre casado, el conato de calvicie, el carro, la oficina y la mirada tan característica de tedio por la vida. Así eran los treintañeros prehistóricos. Después llegó mi generación. Dicen que una generación se constituye por la gente que ha nacido dentro de un rango de edades sin más de tres o cuatro años de diferencia… eso, evidentemente era antes. Hoy en día las generaciones se han ido estrechando: la sociedad actual va avanzando a un paso tan frenético que puedes toparte con una brecha generacional entre dos personas con un par de años de diferencia, cuando antaño las brechas tenían la consideración de manifestarse de manera más espaciada.


Te decía, antes había respetables señores de treinta; hoy ya no. En estos días encuentras chavos de treinta, treinta y dos… que van incipientemente armándose la vida, considerando sin presiones la opción de casarse, sentar cabeza y etcétera. ¿Qué fue lo que pasó que extinguió a los señores de treinta? Quizá sea algo similar al meteorito que tuvo a bien caer en Yucatán y extinguir a los dinosaurios del vecindario.


O quizá los niños que fuimos no quisimos dejar de serlo, de ser niños.


A nadie le sorprenderá si digo que desde los setentas no maduramos tan rápido como lo hicieron nuestros padres, y ni se mencione a nuestros abuelos. En la actualidad nos vamos con calma, saboreando las circunstancias, tranquilos y sin presiones. Hombres y mujeres postergamos el fin de la adolescencia, sin el menor empacho, hasta los veinticuatro, veinticinco o por ahí. La madurez la dejamos como para los treinta y cinco aproximadamente. Que… bueno, he escuchado cuarentones que aun dicen ser chavos, ese término que en México se traduce como joven y que en Sudamérica les recordará sin duda a una deplorable serie de televisión que tuvimos el mal gusto de exportarles.


Los chavos de treinta.


Estos fulanos fueron creciendo y se acomodaron en los puestos de decisión, se apoderaron del mundo y lo moldearon a su gusto. ¿Habrase visto tamaño atrevimiento? Pues ahí tienes que se jalaron el mundo que tuvieron en su infancia y lo instalaron para su imperecedero consumo. Las caricaturas hechas por treintañeros acabaron con chistes para treintañeros y un poquitín de crítica social, también los comics; los juguetes que antes eran para jugar, ahora son juguetes de colección que son reunidos solamente por tenerlos. Aja..!, como si no jugaran con ellos cuando nadie les mira. Y así. Evidentemente yo, que cumplí los treinta en marzo no podría quejarme, en lo absoluto lo haría.


Y es que antes existía el problema de que a los treinta se terminaba tu vida. Cuando iban agotándose los veintes y tu seguías sin pasar por el altar, con vestidito blanco, anillos, ramo y toda la parafernalia, las personas a tu alrededor empezaban dedicarte miradas de compasión por “haberte quedado”, mientras tu, en esos años anteriores a que nuestras generaciones llegaran a empezar a solucionar las cosas, te perdías reflexionando en qué fatídico momento fue que perdiste el último tren. Vamos, hoy estamos conscientes de que a veces es mejor mantener felices a much@s que no’más a un@ sol@.


Cuestión de gustos… y de organización.


Los tiempos van cambiando, la gente cambia; y tiempo y nosotros, cada cual sigue su paso según criterio. A veces el tiempo nos aventaja y en ocasiones nosotros le vamos dejando atrás, al fin y al cabo, nosotros somos quienes mesuramos al tiempo, le damos identidad e intensión. Podemos pasar un siglo en el oscurantismo y de pronto comenzar a cuestionar nuestros tradicionales roles de género, nuestra sexualidad ancestral, nuestra herencia heredada. Mi abuelo solía decir que estos tiempos no son como los de antes, y al fin de estas cuentas, parece ser que le doy toda la razón.


Cómo sea, es fácil escribir a la ligera y desenfadadamente, mediante generalizaciones apresuradas que pueden incluso resultar divertidas, a mi me divierten, aplicando un reduccionismo tras otro para hablar de cómo supongo que es mi generación mientras me regodeo en la identidad colectiva de estar entre los felices treintañeros. Es verdad que sonrío mientras lo hago, y se me ocurre que es bien válido hacerlo. No lo escribiría si no lo creyera. Pero también creo en una parte un tanto más seria: si es cierto que ahora somos quienes dirigimos el mundo, y muy probablemente lo es, entonces este es buen momento para preguntarnos hacia dónde lo estamos llevando.


Así, pasamos de hablar de los Thundercats a la responsabilidad social. Si me lo preguntas a mí, te diré que no ubico del todo cual de entre ambos pudiera ser menos importante.

Sutra en conflicto

Ya Marina Castañeda, en su libro La Experiencia Homosexual, resaltaba el que algunos psicoterapeutas bienintencionados tendían a tratar a la pareja homosexual como si fuesen heterosexuales, bajo la consigna de evitar la discriminación y no partir en el acto terapéutico del estigma social. Sin embargo la estrategia no es funcional al cien por ciento.

Ni siquiera al 40...

No es una novedad el que una pareja hetero tiene una dinámica de relación distinta a la de una pareja homo, y tampoco es igual una conformada por dos hombres que otra de dos mujeres. Todos ellos fueron, muy probablemente, educados como heterosexuales y en un escenario hetero: si eres mujer, te realizas como tal embarazándote, siendo madre y teniendo hijos; si eres hombre, te toca realizarte siendo proveedor, macho y el que manda.

Los adeptos del psicoanálisis dirían que a unos les toca ser sádicos y a otras masoquistas, o sea, unos activos y las otras pasivas. Esto funciona cuando él y ella se unen en pareja, cada cual con sus roles establecidos, y no habrá conflicto, a menos que por cuestiones de personalidad o educación alguno de entre ambos cuestione estas directrices. Hasta ese momento todo esta equilibrado.

El conflicto llega cuando a un integrante de la pareja hetero le da por no querer cumplir con su rol y se revela, queriendo ser tan activa como se supone que es el hombre, o tan frágil como se supone que es la mujer, por poner un ejemplo. Habrá competencia, uno querrá la exclusividad del atributo que le corresponde según su género y la otra el suyo, por no mencionar que la mujer que quiere ser protegida, porque así le enseñaron, no querrá protegerlo a él y enfrentar la incertidumbre de sentirse descobijada; mientras él, que le educaron para ser “el que manda”, no querrá delegarle la decisión a ella pues le haría sentir menos masculino: menos hombre, siguiendo con el ejemplo.

No es necedad ni neurosis de su parte, es solo que estamos tan profundamente condicionados por la cultura que tomamos de la familia, los amigos, los medios y etcétera, que es lento en extremo el proceso aquél de liberarte de los estereotipos de género. La mujer no querrá ser menos mujer y el hombre no querrá ser menos hombre, porque de serlo, la sociedad los castigaría con la burla, la ley del hielo o la desacreditación neta.

En una pareja homo es casi igual. Educados para ser como se supone que deben ser hombres y mujeres, dos hombres que forman una pareja querrán ambos ser EL proveedor, EL que toma las decisiones y EL protector; dos mujeres en pareja querrán ser LA que nutra, LA maternal, LA que cuide con ternura del otro. El no conseguir la satisfacción de esta necesidad emocional por cumplir con su rol de género, genera el riesgo de vulnerar la imagen que tienen de sí mismos y el grado en que se quieren a sí mismos.

Como con la pareja hetero, entre dos personas gay, la competencia proviene de las ideas de género; sin embargo, mientras que en la primera se origina cuando cuestionan el rol que les determinaron seguir, en la segunda comienza desde el inicio y no finaliza sino hasta que cuestionan ese mismo rol. Por ello el conflicto venido de la competencia es más importante en una pareja homo que en su contraparte heterosexual.

Por otro lado, no está igual vista una pareja gay que una hetero, ¿cierto? Ser gay implica ser mal recibido, los cuchicheos de la gente y el estigma y la desacreditación en menor o mayor grado. Un homosexual es, por principio de cuentas, alguien que emplea el sexo únicamente para encontrar placer, sin ocuparse de las funciones reproductivas que su sexualidad tiene inherentes. Al menos eso dicen las voces de derecha.

Aquí en México está Provida, por ejemplo. Conozco chistes muy buenos contra ellos. Por no mencionar al Partido Ación Nacional, al que pertenece nuestro H. Presidente y a la Iglesia, en sus piadosos esfuerzos por hacer de nosotros buenos hombres y mujeres castrados, asexuales y tremendamente frustrados por ser. Sólo por ser.

La sexualidad ha sido y probablemente será tópico tabú y motivo de vergüenza, dentro del marco de esta vergüenza intrínseca que mantiene el ser humano por ser tan humano. La única excusa aceptable que la moral acepta para ser sexual es la reproducción, y lo inadmisible aparece cuando se ejerce la sexualidad sólo por placer. Menudo origen de todos los pecados: el placer. Todavía hay algunos que no entendemos que el placer viene luego de que te mueres, dentro de un paraíso de algodones de azúcar blanco que puede que exista y que quizá nos esté esperando; mientras tanto, es nuestro deber moral sufrirle y sangrarle en este valle de lagrimas que es la vida...

...y así quieren que tengamos salud mental?

A los homosexuales no se les mira con buenos ojos por ese pecaminoso hedonismo que se les atribuye, por esa contranaturalidad en la que incurren, y todo aquél que haya sido educado dentro de una cultura igual o paralela a la judeocristiana, va a aplicarles el estigma en pequeña o gran medida. Los hombres y mujeres gay nacieron en una cultura así, por lo que tampoco se salvan de ejercer el estigma y la discriminación contra otros homosexuales... y contra sí mismos.

Y es que puedes manejar el discurso, ser consciente de la falla y argumentar convencido al respecto de ella, pero las emociones van a tardar mucho en adaptarse. De igual manera a como un hombre puede saber que la araña que sostienen en la mano no le hará daño, no implica que deje de sentir con angustia una opresión en su pecho; o así como el que argumenta con convicción contra el machismo se va a sonrojar cuando una mujer pague de su bolsa el taxi del que se están apeando. Razón y emoción. Siempre será más fácil trabajar la primera que la segunda, y siempre la primera será la vía para lograr un cambio a nivel emocional. El que sostiene la araña o el que rechaza el machismo no tienen la labor ya terminada, les falta trabajar sus emociones, pero llevan ya un muy buen camino recorrido.

Igual pasa con la mujer o el hombre gay. Probablemente sepan que ser homo no esta mal... ni bien, que únicamente es y existe ajeno a cualquier axiología. Quizá sepan que son tan valiosos como cualquiera y tal vez más, según sus características individuales. Posiblemente dominen todo este discurso, pero aún necesiten tener relaciones sexuales con la luz apagada, o todavía se nieguen abiertamente a decir que son gay. Razón y emoción, la diferencia entre saberlo y sentirlo.

Por esto, dentro de una pareja homo suele haber esa discriminación hacia el otro y hacia sí mismo, lo que lleva a coercionar al otro cuando muestra “demasiado” su homosexualidad y a reprimir la propia expresión, pera no parecer “tan“ homosexual.

Es este mismo tenor el que lleva a la comunidad gay en el mundo a segmentarse en sub grupos: leather, queens, rubber y etcétera, donde un grupo discrimina a otros según el grado en que manifiestan su homosexualidad. En general, como diría Goffman en su ensayo sobre el estigma, los que presentan el objeto de su estigma con mayor evidencia o notoriedad son puestos en lo más bajo de la jerarquía, mientras quedan en la cima del prestigio aquéllos a los que “se les nota” en menor medida.

...en una pareja homo existe una dinámica de competencia mucho más fuerte que en una hetero por las razones de género que mencionan los primeros párrafos y por el estigma, donde uno y otro tratarán de que sea a quien menos se le note que es homosexual. Por eso, en psicoterapia, no puedes tratar igual a una pareja que a otra, porque cada cual tiene sutiles características que las diferencian y necesidades bien particulares.

Sutra de seres míticos

Hay algunas personas por ahí, mejor asociadas, de hecho, a una mayoría que a sólo unos cuantos, que miran el volverse viejos con pesar, incluso con pavor, y lamentablemente he de confesarte que yo me cuento entre ellos, lo que resulta que es un buen pretexto para que escribamos juntos un Sutra dedicado a cierta clase muy peculiar de seres míticos en los que nuestra sociedad ha dejado de creer y por ello hemos dejado de verlos, aunque todavía existan y se marchiten a nuestro alrededor.

Sea pues, un Sutra de seres míticos.


Llegar a viejo. Y no me refiero al concepto biológico de envejecer, como tal, pues éste por mucho miedo que sientas y otro tanto que desees evitarlo, igual que la muerte, es inexorable de per se. Pero hay algo más:


¿Has notado como llegado el momento y a cierta edad todos los tiempos pasados parecieran volverse mejores?, ¿Cómo un mal humor se vuelve perenne y pareciera que se pierden las ganas de hacer cualquier cosa?, ¿Qué no hay más intensión de verse atractivo, ni esfuerzo ninguno por conocer gente nueva? Desaparece la esperanza y el sentido de las cosas, de las personas y de la vida. Empieza entonces la espera, llevas tu maltrecho y cansado cuerpo al sillón frente al televisor y aguardas a que la muerte llame, en una de seas, a la puerta.


Solo que la muerte no viene cuando tu quieres, sino cuando a ella se le pega la gana, así que hay que pasar largas horas frente al televisor y frente al mundo, a uno y al otro prestándoles la misma mínima atención entre que te paras al baño o te levantas de la cama.


En verdad asusta, ¿no? Y de cualquier manera, la sociedad en que vivimos no ayuda de mucho; nos instalamos en la falacia de la juventud sempiterna y fingimos que lo que hoy sirve y se mantiene firme, va a mantenerse así por siempre. ¿Quién empezó con la mentira y cuándo comenzamos a creerla? Más valdría tener bien en cuenta que, como dice Serrat, todos llevamos un viejo encima. No hay excepciones.


Envejecer es un proceso natural que cualquier biólogo puede explicar al detalle, es normal. Sin embargo nadie nunca dijo que estuviéramos obligados a volvernos viejos y marchitarnos traduciendo la cuenta del tiempo en una tristeza crónica que nos amarga y exilia del mundo. Ve a tu alrededor a los ancianos que se hacen a un lado y nos dejan pasar, mientras se aferran de sus nostalgias para excusarse de no entender el mundo del que se han divorciado y al que tampoco les invitamos a entrar, porque ellos nos recuerdan la innegable verdad de que como nos vemos ellos otrora se vieron y como se ahora se ven nos mas temprano que tarde, nos veremos.
El tiempo transcurre tan rápido...
Bueno, en realidad no hay problema para nosotros en esto, no lo hay para mí. Puedo jugar a que los ancianos son una raza de humanos aparte, efímera y delicada, como nocturnas polillas. Puedo y puedes. Podemos jugar a que jamás el peso de los años nos doblará los hombros y que jamás tendremos que hacernos a un lado para que nuevos jóvenes nos ignoren y construyan su mundo sobre las ruinas del nuestro, sobre nuestras nostalgias.


Temo caer en el juego y jugarlo sin darme cuenta de que lo hago, y temo que un día que me agarre desprevenido, sea yo un viejo solitario y seco que ruegue a la muerte cada noche, al oscurecer, que vuelva literal el maldito mausoleo metafórico en el que me hube condenado a existir.
Aunque, tal vez, algo aquí no sea del todo una trampa. Quizá...


Quizá los ancianos efectivamente son una raza aparte, una en la que nos convertimos después de una larga jornada y luego de acumular y acumular tantas experiencias que, irónicamente, no son útiles ya a quien las ha vivido; bueno, probablemente sí a alguien más.


Cuanto rollo en espiral que no llega a nada concreto. Pudiera ser que en realidad mi intensión sea la de presentarte a un anciano que aún no llega a este mundo, pero que ya le voy agarrando cariño; uno que, a decir verdad, voy a parir yo y que quizá se parezca al que vas a traer tú a este mundo, tal vez para que sea exiliado de él en cuanto pise tierra. No lo se. No se como será el anciano en que me convertiré tras algunos años, pero si sé cómo me gustaría que fuera.


El anciano que traeré yo al mundo, me gustaría que supiera aún reírse con estruendo, aunque la dentadura se le cayera dentro del tazón de sopa; que aún tuviera esta tonta manía de sorprenderse y estuviera impaciente por escribirle un final interesante a su historia; mi anciano sería joven y su cuerpo de viejo caminaría con un andar probablemente cansado, pero firme, y ayudaría a los jóvenes a construir el mundo que les deja, porque al fin y al cabo, tanta experiencia acumulada a alguien habría de servirle de algo. Mi anciano será valioso por eso y no le faltarán historias para contar, será como el Hierofante de los cuentos y no aceptará el exilio ni tendrá que convertir su hogar en un mausoleo prematuro, solamente vivirá y estará vivo hasta que tenga que dejar de estarlo.


Ahí está la simpleza con la que exorcizo mi miedo, se trata de un muy sutil pacto.


El tiempo de parto para dejar nacer a un anciano saludable y feliz es lento y laborioso, hay que prepararse mucho y cuidar del cuerpo que le dejarás cuando tu, joven, ya no estés más; armarle de un versátil arsenal de historias vividas y de recuerdos hermosos para cuando mire sobre su hombro, y seguro que lo hará, y que cuando recuerde al él que era cuando se trataba de ti, te recuerde con amor y orgullo, y te de las gracias, aunque sea muy quedo y uses sus orejas para escucharlo. Entonces sonreirás con sus labios y su sonrisa te parecerá hermosa, y no sólo a ti, y le verás marchar hacia el horizonte y entonces le dejarás ir, porque los ancianos son, en verdad, una raza bien aparte, originaria de eras míticas anteriores al tiempo y portadores de una sabiduría inagotable, como la del astuto Merlín, el místico Gandalf o el antiguo Salomón, de glorias ocultas y generosidad incansable, pero efímeros como mariposas, que vienen al mundo a darle una palmadita de aliento y luego se van, a la espera de que el mundo que construyeron les alcance a la vuelta de alguna esquina en la eternidad.


Así y sólo así. ¿Puedes percibir la magia?


Acá en mi mundo hay muchos como yo que le temen al tiempo y en lo que su efecto te transforma, que no lo entendemos ni leemos su significado, muy entre líneas, no vemos la responsabilidad que acarrea ni el honor que implica... cuando envejecer es cerrar con broche de oro la jorana incansable de un gran camino.

Sutra salvaje

A unos pasos de la incandescente fogata, los tambores resuenan con un bit frenético; las percusiones golpean tu pecho y desde adentro tus latidos golpean de vuelta, la sangre se concentra, ignoras si ese ritmo salvaje aún proviene de los tambores frente a ti o de tu corazón que brama como un depredador hambriento… y lo cierto es que latidos y percusiones resuenan sobre el universo al unísono, cada uno más poderoso que el anterior. Fiebre coloreando tu rostro, sudor que salpica las llamas, delirio que nubla tu mente; te mueves danzando como jamás creíste poder hacerlo y los espíritus danzan alrededor de ti... contigo.

Pausa.

Respiremos un poco... despacio...

...hagamos espacio para un Sutra Salvaje.

Por aca desde donde yo te escribo, todo el mundo sabe que si eres una persona civilizada no vas a rascarte el trasero cuando te de comezón, salvo con discreción y en lo oscurito; no vas a eructar en público, porque es de mal gusto y te van a ver feo; no cojeras y vas a actuar como si fueras una angelical criatura que no tiene ni necesita del sexo; no te desnudarás, no tocarás demasiado a los demás, no levantarás la voz dejándola volverse un rugido que rasgue las frías calles de esta colmena mecánica en la que habitamos. No parecerás, para hacértelo breve, una bestia salvaje.

¡Cuán malo es en esta sociedad dejar manifestarse a lo salvaje...! que pena que sea precisamente de ahí, de eso que el hombre se niega y se amputa, de donde surge la chispa que da y mantiene la vida. El extremo de este absurdo es el conocido ícono proscrito con figura humana, pezuñas y rostro de macho cabrío que pasó de la noche a la mañana de ser dios de los bosques a convertirse en emblema absoluto del mal y la perdición, convirtiendo así no sólo a lo salvaje en algo malo, sino en Lo Malo per se.

Pese a todo, no podemos entrar en el juego dejándonos convencer: los hombres, y quiero decir hombres y mujeres, provienen justo de allá afuera, de la sangre y lo salvaje, de los bosques y de las montañas, de los mares, las selvas y de los desiertos; se alimentaban de lo que les rodeaba por medio de sus propias manos y mamaban a sorbos su fuerza y energía de la Tierra. De pronto, un día, decidieron emigrar a la gran costra de asfalto y se instalaron a sus anchas, subyugaron su entorno y se avergonzaron de su pasado, tratando, te juro que trataron, de olvidar aquello dónde habían venido.

Pero ese origen lo tenemos tatuado al tuétano de los huesos; aún tenemos los mismos cuerpos esculpidos de roca, la misma sangre arrancada a las mareas que vomita el océano, el mismo aliento que hurtamos a los dioses del viento, el mismo espíritu inagotable encendido con el primer fuego que ardió sobre Creación.

¿Parece poco?

La búsqueda del olvido llegó cuando dejamos de dialogar con lo natural y le negamos su sentido; cuando creímos que los árboles no nos responderían más y decidimos tomarnos personal el que las fieras nos devoraran; cuando creímos que la última tormenta que enfrentamos desnudos, fue la saña de un castigo frente a designios insospechables. Entonces nos divorciamos de la Tierra y nos emancipamos.

Pero renunciar a la Tierra fue a la vez renunciar a nosotros y arrojarnos a un frío y vacío exilio, donde nos quedamos abandonados y a la defensiva frente al Universo. Entonces declaramos esta guerra campal contra los otros y nosotros, para luego quedarnos sin posibilidad de volver a casa.
De cualquier manera, siempre envidiamos a las demás bestias y alimentamos inagotables nuestro miedo a sus garras, fauces, cuernos, venenos… ocioso es decir que igual los alimentamos a ellos al estar inexorablemente suscritos a la cadena alimenticia. Fue siempre claro que el hombre de antaño no contaba con tan portentosas armas, por eso heredamos ese deseo inconfesable de dominar, subyugar y eliminar a los que en ese entonces nos incluyeron no muy gentilmente en su dieta.

Es una tenebrosa herencia, sin duda, además de ambigua. Por nuestra sangre y espíritu corre el miedo a la Tierra porque nos creemos vulnerables; el rencor a los elementos por hacernos víctimas de lo que creímos que era saña, los celos frente a las bestias por contar con las herramientas que a nosotros nos fueron negadas… pero, en paralelo, estamos condenados a ese deseo de volver al seno de la Tierra; a las ganas de liberarnos y rugir con estrépito; a la necesidad de amigarnos con el lobo y dejar de temer...

Estamos condenados a extrañar el hogar y no permitirnos regresar jamás, primero lo destruiríamos antes de flaquear en contra nuestra permanente y triste necedad.


Pero el ímpetu de los tambores aún se escucha atronador y hace temblar las estructuras de nuestra sólida megalópolis, mientras nos arranca a jirones lo humano, dejando a la bestia desnuda, flirteando con los elementos, embriagada y extasiada al contemplarse a sí misma en el corazón de la verdad única: que no hay tal exilio ni la Tierra le ha olvidado, que el Universo le aguarda con paciencia y que su inconmesurable centro, la cuna de todo, amenaza con desbordarse del pecho del hombre mientras éste danza en torno a la hoguera al frenético ritmo de las percusiones.

Sutra de la muerte

Antiguamente para cruzar las aguas del Estigia y llegar a las sombrías tierras donde radicaban los muertos, tenias que llevar contigo un par de monedas de cobre con las cuales pagarle sus honorarios al barquero. Hoy en día, la chamba del Caronte la hace el tanatólogo y te cobra algo más que solo dos monedas.


Morirse nunca ha sido una cosa sencilla.


De repente uno empieza a sentir que el cuerpo ya no responde, hay pesadez en cada miembro, la respiración se vuelve pesada como cuando duermes, pero estas despierto. Sin embargo no por mucho. Una sensación de fatalidad te embarga y sabes que en unos momentos nada en el mundo volverá a estar mal, o, en el peor de los casos, que todas tus posibilidades, en breve, se habrán multiplicado por cero. Diferencias individuales: para unos el último instante es de una tranquilidad impresionante, para otros implica un triste terror pánico.

Así de simple. El chiste es tener una vida llena de sentido para que la muerte no llegue y te agarre, como diría Benedetti, muerto de vergüenza.
Después viene lo complicado, lo que harán, ellos a quienes dejaste atrás, con ese cuerpo que, evidentemente, ya no vas a usar porque, de que te moriste a la fecha, se ha vuelto un traje que ahora te queda chico.

Para encontrarle gusto a la vida, no hay como morirse.
Independientemente de todo cuanto tú hubieras querido, probablemente tus familiares darán de almorzar tus restos mortales a las aves de la montaña para que te ayuden generosamente a ascender al firmamento, o que te envuelvan en lienzos perfumados y, condescendientemente, te prendan fuego hasta reducirte a cenizas; también podrían hacer para ti una embarcación sencilla y mandarte a un último tour a la deriva por el río; podrían invitarte a formar parte del menú de la cena de despedida y así llevarte con ellos muy adentro, hasta despedirse de nuevo de ti, sin tantos honores ya, tres horas después de haberte comido. Total, lo que hagan con tus restos es más asunto de ellos que tuyo, que para entonces tendrás asuntos más interesantes con los cuales entretenerte.

Desde el principio del tiempo, ver que los nuestros entregan el equipo ha sido origen de incontables elucubraciones, y fuente de, es necesario decirlo, los miedos más irracionales y la espiritualidad más elevada.

De la transición de carne a espíritu es que el ser humano pudo imaginar el alma, los dioses y las cosas que no son evidentes a los sentidos; pero acotemos: el que el hombre lo haya imaginado no quiere decir que no exista. Luego de imaginarlo, ideó un modo de interactuar con este universo de sustancia etérea y enseñó a sus hijos las técnicas para hacerlo, y sus hijos a sus nietos, y los nietos mantuvieron los conocimientos de la magia hasta nuestros incipientes días.

Gracias a que confrontamos la muerte es que creamos la magia; y a la magia, la razón la convirtió en ciencia.

Cuán ansiosos estamos de descubrir la respuesta a nuestra pregunta más recalcitrante, a ésa que nos cala hasta los huesos. La respuesta a una pregunta que ni siquiera nos atrevemos a formular; porque bien podemos hablar de la muerte, bromear sobre ella, incluso, como lo hacemos los mexicanos y que tan buena fama nos hemos ganado a costa de ello. Incluimos a la muerte en nuestras anécdotas, en nuestras leyendas, en nuestros chistes, pero siempre se trata de una muerte impersonal que no se lleva consigo a nadie definitivamente, que no insinúa el acabose de nada, que es, para acabar pronto, una muy amigable muerte de a mentiritas.

Vieja y elegante Catrina de blancos huesos y vestimentas de época revolucionaria, que disfrazas nuestros miedos resignados y el dolor que implica pensar de ti en primera persona.

La muerte asusta porque se lleva con ella lo único que era nuestro desde que estrenamos cuerpo: nuestro nombre, del que ya no haremos uso en lo consecutivo; nuestra identidad, a la que nos aferramos ciegamente para poder enorgullecernos de lo que somos. La muerte anula, te arrebata la existencia, cancela, nulifica.

Está bien, si estas afiliado al club de los transmigracionistas, posiblemente no te pongas tan dramático y estés vacunado contra este miedo a que el destino le imponga un punto final a tu historia. Mueres y dejas de vivir, pero tu existencia sigue por vericuetos que te serán indescifrables hasta que no das vuelta en aquella esquina. Continúas existiendo, de alguna forma, y entonces confrontas el segundo miedo primigenio que el ser humano tiene ante la muerte: la soledad.

Decía Laura Avellaneda, el personaje aquél de Benedetti: Que sola va a estar mi muerte sin tu vida...

Morir es iniciar un viaje solitario, es quizá recorrer el valle de las sombras sin más compañía que uno mismo. Menudo exilio. Con trabajos podemos tolerar la soledad en vida, peor aún en la muerte. Pero habría que valorar que temor es mayor, si lo es el miedo que tengo a mi muerte, o es acaso el miedo que tengo a tu muerte que me separa para siempre de ti.

A veces el dolor ante la muerte parte de un principio egoísta que no me deja despedirme de ti y dejarte partir.

Y la verdad es que nada en la vida es más seguro que la muerte, ni podemos valorar la vida o darle un sentido sin hacerlo a partir de que vamos a morir. La vida por sí misma no tiene otro sentido que el que le damos para trascender más allá del tiempo finito con que contamos, eso nos vuelve heroicos.


En oriente dicen que la muerte no es el final, también es algo que sostiene el cristianismo, aunque la idea del idílico paraíso me gusta un poco menos que el poder volver a la piel de un ser más evolucionado. Eso último me parece fantástico. También dicen que aquellos a los que amaste entrañablemente volverán a ti porque estás unido a ellos por el karma. Ojalá eso no les moleste a ellos y también te hayan amado a ti entrañablemente. La misma fórmula aplica para aquellos a quienes odiaste con ferviente tesón.

Claro que no hay pruebas de que eso sea cierto; ninguna prueba, como tampoco la hay al respecto de que la muerte sea el rotundo final que sólidamente pregonan los pesimistas. Así que, si nadie tiene algo razonable que objetar, personalmente me he decidido a adoptar la primera versión, que es la que más me conviene: vivir intensamente, porque cada vida es única; aprender mucho, principalmente de lo que tiene verdadera relevancia; amar y dar pie a ser amado con efervescente enjundia y, al final, morirme satisfecho como quien aborda el tren con rumbo a unas fabulosas vacaciones.

Entonces puede ser que un día regrese y, como por casualidad, me encuentre en algún sitio con una lápida tremendamente vieja que diga algo como: Yace aquí uno que no se resistió a la curiosidad, que viajó de persona en persona como quien va de lugar en lugar, sin dejar nunca de maravillarse ni de fincar en cada abrazo un santuario para volver; interesante amigo, humano e iconoclasta que se despidió de la vida sonriendo una vez más, antes de partir.

Sutra del Reino I

Imagina un lugar donde puedes jugar a que jamás te volverás adulto; en el que apenas cruzar una puerta, los problemas de la vida pierden todo su sentido; ahí todos son tus amigos, nada es complicado, cada cosa pareciera estar puesta ahí prometiéndote enfáticamente la falacia del santuario que pervive.
Nop, no se trata de Neverland, pero casi. Déjame contarte de Reino Aventura.
Reino Aventura era un parque de diversiones “al sur de la ciudad“ donde podías hacerte de un día lleno de magia y diversión. Según. Para cuando yo pensé involucrarme con él, acababa de re - abrir bajo el nombre de el Nuevo Reino Aventura, luego de permanecer cerrado por remodelación dos o casi tres años.
Tenía yo, entonces, escasos 18 años, hablaba bien quedito y me desagradaba un poco el contacto físico. Vamos, estrechar la mano de alguien representaba para tu servidor un apabullante maremagnum de inseguridades; andaba por la vida tratando de pasar desapercibido, no llamar la atención ni molestar a nadie. Algo de fobia social, a decir verdad. Ocioso es decir que, a la par, me encantaban los libros sin dibujitos, que me vivía la vida en bibliotecas y que ya había degustado sin problemas el Ulysses de Joyce hacía seis años.
No tenía nada que hacer ahí, pero luego de una de esas decisiones que se toman de pronto, me convertí en operador de Juegos Mecánicos en el parque.
Como sea, la bienvenida me la dio un tipo al que apodaban Beluci, por su similitud física a un tal James de Hollywood. Gordito, de esos jacarandosos, hilarante en extremo y que parecía ser tan tremendamente feliz, que daba pauta para pensar que no lo era en lo absoluto. A lo largo de un entretenido curso de inducción, habló de la historia oficial del lugar, de las políticas de la empresa, de las fiestas de fin de año, de las reuniones de cada mes, de las salidas a jugar fútbol al Ajusco y a la Marquesa. De momento, era posible pensar que en lugar de haber conseguido un empleo, me había hecho miembro de algún club cristiano o de los scouts.
En fin. A los 18 eso no estaba tan mal.
El primer mes fue de entrenamiento: el Pueblo Infantil. Como parque temático, Reino Aventura se dividía en áreas, cada cual dedicada a una cultura distinta. Desde el Pueblo Infantil que tenía motivos de Cri – cri, el grillito cantor, hasta el Pueblo Polinesio, el Vaquero o el Francés, pasando, por supuesto, por el Pueblo Mexicano o incluso el Suizo o el Marroquí, para ser plenamente exóticos.
Nunca olvidaré los fines de semana exhaustivos subiendo y bajando niños de los juegos, lidiando con los padres que siempre querían la lanchita azul para su hijo que quería subirse a la roja en el preciso momento en que no tenías otra que la despreciable amarilla a la que nadie se quería montar; mientras el grupo de visitantes aún esperaba fuera del juego para que fueras a tomarte una foto con ellas mientras en el aire flotaba el olor de la recta secreta de los pollos Kentucky del coronel Sanders y la hora de la comida todavía estaba muy lejos de llegar.
Había un restaurante llamado el Rossly, en el Pueblo Suizo, de servicio exclusivo para el personal. Tenía una barra a donde llegabas con tu charola y te servían la comida que ibas eligiendo, un vaso para llenarlo de aguas de sabor cuantas veces quisieras y el postre. Ya servido, buscabas una mesa con un lugar disponible, te sentabas y te dedicabas a comer tranquilamente mientras echabas relajo con tus compañeros de mesa, quienes, por supuesto, tenían tu edad y ya te habían visto previamente en alguna fiesta del parque.
Cerca de la entrada había una rockola que por una moneda tocaba los éxitos del momento: La Cuca, Fobia, La Ley, entre otros.
A unos metros del Rossli, también en el Pueblo Suizo, estaba el Reino de la Risa, una popular atracción dividida en cuartos. Cada uno con su decoración particular que patrocinaba Pepsi; la gente los recorría a pié mientras un anfitrión les divertía dándoles la explicación de cada cual.
Risas garantizadas.
Uno cruzaba la puerta de entrada para encontrarse con el cuarto de TV estilo lobbie, que transmitía una y otra vez los spots de la campaña de Pepsi vs. Coca – Cola. Caminabas hacia un ascensor que conducía al “otro lado del mundo”, haciendo escala en el centro de la tierra, donde accidentalmente la puerta se abría para poner en evidencia a un incauto diablito sentado en el retrete. Al otro lado del mundo: un cuarto como el primero que viste, pero boca abajo.
Después un laberinto inflable y acojinado de color azul. Se advertía que en su interior había duendes que pellizcaban piernas, subían faldas y bajaban pantalones, y eso se dijo cada vez que alguien entraba... hasta que realmente empezó a suceder y terminamos prefiriendo no cortar esa parte.
Había en seguida unos escalones que llevaban a una lata gigante que giraba y giraba, y por donde la gente debía pasar mediante un puente ubicado en el justo centro, sujeta del barandal para resistir el efecto del mareo que la experiencia, sin duda, causaba a quienes no estaban habituados. Luego un pasillo de luz negra con pisaditas de niño dibujadas en la pared y el techo. Fue interesante decir que ese cuarto era frecuentado por los duendes de la casa, hizo gracia a los visitantes hasta que comenzaron a tomarles de la mano y acariciarlos cuando se acercaban a las paredes.
Era genial estar buscando explicaciones verosímiles para la gente histérica.
El pasillo de luz negra conducía a una habitación que llamábamos “Casa Loca”, cuarto que emulaba una casa poseída, cuyos muros giraban en torno a unos asientos que columpiaban para dar la impresión de una ausencia absoluta de gravedad. Los visitantes salían como hielitos en coctelera para ser vertidos sobre un piano gigante cuyas teclas, al ser pisadas, hacían sonar carcajadas de duendes, todas en diferentes tonos e intensidades.
Me doy cuenta porque acabé siendo alguien tan surrealista.
Luego, un pasillo austero que ascendía hacia el laboratorio de un científico loco que experimentaba con rayos X. Sentabas a la gente frente al aparato, sobre sillas de Pepsi, mientras metías en él a una víctima sobre la que se habría de proyectar la imagen holográfica de un esqueleto con calzones largos (boxers). Lo habitual era burlarse un rato de el incauto y después liberarlo para que fuera objeto de las bromas de sus amigos y familiares.
Al fondo había una vía en un pasillo transversal, con el sonido de un tren aproximándose, sonaba en cuanto accionabas el mecanismo de la pluma, que al subir, daba paso a los atemorizados visitantes que debían correr por sus vidas para evitar ser apachurrados. Muchos se partían la cara tropezando con los durmientes, pero era divertido. Entonces: la despedida. Un pasillo que conducía a la salida o al tobogán que igualmente expulsaba fuera a los visitantes, si bien con un poco más de violencia.
Para este juego se buscaban a las y los más carismáticos, desinhibidos y más parecidos a modelitos de telenovela de entre todo el parque. Y... a mi. Tenías que soportar a los enajenados que más que nunca querían fotografiarse contigo, a las que volvían cada semana no’más para hacerte la plática y saber si tenías novia, al tarado de Facundo que le encantaba ir a filmar en el juego junto con las cámaras de TeleHit y a la ridícula de Tatiana. Fue una labor ardua.
Y mientras Casa Loca daba vueltas, uno había de ir renunciando a ser el ratón de biblioteca que solía ser. Cuestión de sobrevivencia...

Mundo sandía

Al interior de la sandía y de la noche con su cielo profundo y constelado, miríadas de semillas titilan sus negras presencias por encima de esta secreta realidad. El tigre altivo y fugitivo, poderoso y hambriento, recorre los entornos de su arrecife con la paciencia de quien cuenta palmo a palmo sus tesoros más sagrados. La sangre se le agolpa en las alas, el deseo le impele como la gran luna impele a la marea. No hace menester un significado, nadie necesita entender; las imágenes desfilan haciendo un llamado a las emociones, y su callada inteligencia, residente en el vítreo instinto, hace caso omiso de la prudencia y del veredicto ancestral.

Las cosas son simples en este universo: la jirafa debe sobrevivir o morir para dejar de ser jirafa, dejando tras de sí los huevos que ninguna otra madre podrá encubar. Qué triste será su muerte sin sus vidas. Y el león asesino recorrerá los abismos para matar monjas a golpes de oreja, tal como Neruda, en su momento, le tuvo a bien enseñar.

León y tigre se topan en los confines, a la sombra de una anémona que se rehúsa a hacer llover. Los caracoles, previsores y ágiles como un pensamiento infectado por la obsesión, parten a toda marcha del escenario que se impregna de susurros, de contornos, de frases espirales que se anudan a la altura de la garganta, para después sofocar haciendo una muy ligera presión. Los cuerpos se encuentran y después de un roce se reconocen; los colmillos hacen saltar la sangre, las garras arrancan el aliento con movimientos bien calculados, el peso de la carne quebranta el cristal costumbrista de un retrato bien convencional.

En el firmamento rebota el trueno de una tormenta que amenaza en vano, sólo por incomodar, solo por hacerse notar. El crack de un cristal roto perfora los caparazones marchitos de un enjambre triste de tanto querer sin ganas, de tanto reservarse en rincones tranquilos, de tanto júbilo congelado.

Las hogueras en el mar son azules y poco es cuanto alcanzan a iluminar lo que pocos ojos y sus parejas se atreven a ver. Danza sagrada de casi imposible traducción, las fieras la bailan con fauces y zarpas, preocupadas de no mirarse a sí mismas, desprendiendo las escamas, una a una, de su piel más popular. La arrojan con desdén, extienden sus miembros desperezando a la libertad; mientras los caracoles pequeños suspenden su marcha, atrapados bajo la falsa piel de una mentira sostenida por mil entusiastas cientos de eones atrás.

Se sacude la sabana y la estepa, el arrecife mismo pareciera zozobrar; la batalla erigida sin cuartel desgarra tejidos, fragmenta huesos, graba con sangre los sutras de la pasión, consumiéndose a sí misma, extinguiéndose, levantando odas al vencedor que cuidará de los restos del otro que no se salva, ni desea salvarse, por toda la eternidad.

Las estrellas germinan sobre sus cabezas, a su tiempo, dando paso al karma y su parsimonioso devenir. De noche, en este mundo sandía, danzas se ejecutan con movimientos acompasados que laceran la piel; de día, la cacería se cierne sobre laceraciones ajenas, mientras los pólipos eructan sus lenguas pesadas como juicios y reluctantes de húmeda lascivia.

Las semanas transcurren y los meses las siguen con antelada resignación. Ya hay varios años haciendo fila con impaciencia, aguardando su turno con fastidio en los confines de una torpe salita de estar. Todos ignoran, para bien y también para mal, que una mano rolliza y sonrojada, por unas monedas, a coartado su derecho de seguir. La historia termina, la tierra tiembla y las estrellas se desploman sobre el océano y su finita vastedad. Las hogueras azules se extinguen y la pasión arrebatada se trona en inconsolable paz.

Luego del corte solo de un agudo cuchillo, nada queda, ya no hay nadie para recordar.

Sutra del Inconsciente

¿Te ha sucedido que alguna vez, de tanto hacer una cosa, dejas de darte cuenta de que lo haces, hasta que ya lo terminaste? Vamos, que te habituaste tanto a hacerla y lo que una vez te costó trabajo, ahora resulta sumamente sencillo.

En inicio, para realizar ese algo, tuviste que pensarla bien, quebrarte en trocitos la cabeza, aprender a hacerlo o hacer finamente consciente cada uno de los pasos para llegar a ese fin; lo hiciste una vez más, y otra después... luego de varias ocaciones, la cosa era mucho más sencilla, hasta que, llegado el momento, podías hacerlo con los ojos cerrados.

Con permiso de Freud, voy a explicarte cómo realmente es el inconsciente.

El padre del psicoanálisis sostuvo que en la mente hay dos regiones y en cada cual se realiza un tipo especifico de procesos mentales: en el Consciente pasa todo de lo que nos damos cuenta, en el Inconsciente, en cambio, todo de lo que no te enteras.

Sin embargo la cosa no es tanto así; no se trata de que tengamos un trozo de cerebro que se entera de todo y otro que no se entera de nada, la cosa es un tanto mas sencilla: un mismo proceso lineal, en una sola área, pero velado por el hábito.

El hábito no hace al monje, a menos que éste sea un absoluto inconsciente.

En el origen, cuando eres peque con pañales desechables, todo lo que haces y piensas tiene su razón clara, al menos para tí. Te es evidente que la oscuridad te desagrada porque implica quedarse solo, que los niños gordos no te agradan porque te roban tus juguetes con violencia. Cada cosa tiene detrás un razonamiento absolutamente lógico que paso a paso puedes describir porque recién lo has estructurado.

Luego, irán pasando los años y esos razonamientos que al principio eran detallados y podías explicarte con precisión, ahora estan abreviados para economizar energía mental y tiempo. Te explicas las cosas pasando del paso uno al tres y del cuatro al seis, como si en las partes sencillas le subieras la velocidad a tu pensamiento.

Más años aún, y para entonces ya no estarás solo por las noches, ni habrá niños gordos que se puedan llevar tus juguetes, pero los razonamientos que de peque te servían bien y que fuiste abreviando para economizar, aún están ahí. El problema es que ya no recordarás que detalle iba en medio de un paso y otro de tu razonamiento, aún cuando sepas que hay uno que te falta entre el cuatro y el seis.

Siendo ahora adulto, no podrás encontrar la razón de porque te molestan los niños gordos y la oscuridad, y tu terapeuta te dirá que los motivos son inconscientes. Y no se tratará de que sean datos arrojados con despecho al desván de los objetos perdidos, sino que adquiriste la costumbre de pasar frente a ellos de largo, habituado a que, en su momento, fuera evidente que estaban y que seguirían ahí.

Poseemos procesos inconscientes porque podemos habituarnos a cualquier cosa, incluso al razonar. Con el hábito podemos hacer cosas sin concentrarnos en que las hacemos, así las realizamos mecánicamente, a ojos cerrados; así reaccionamos mecánicamente, aún cuando nuestra reacción ha dejado de tener sentido.

Así un peculiar adulto es ahuyentado por niños gordos, o se ve incómodo frente a su amante desnuda que acaba de apagar la luz.

La estrategia de muchos terapeutas es propiciar el que el cliente se fije en eso que pasa de largo en su proceso mental, que rompa con el hábito y vuelva consciente lo que se hizo mecánico.

La consciencia absoluta es un objetivo, incluso, de muchas filosofías orientales, mismas que tratan de convencer de que te vuelvas atento a tu modo de andar o de masticar, que te escuches como suenas cuando conversas o que te contemples frente al espejo, dándote tu tiempo para pareciar los detalles.

Dicen que la sabiduría esta en los detalles, esos que pasamos por alto porque suelen siempre estar ahí, hasta dejar de ser percibidos. Las cosas, los recuerdos, las personas o uno mismo.

La promesa a alcanzar, en caso de que cierto grado de consciencia sea logrado, es corregir la postura del cuerpo para curar dolores crónicos, mejorar nuestras estrategias de socialización, estar orgullosos de nosotros, a gusto con la piel que vestimos, reconciliarnos con lo que no nos podemos perdonar, ser activos en el proceso de nuestra propia evolución y un etcétera que se adivina en lo absoluto breve.

Vamos, solo falta que me prometan aliviar mis juanetes.

Como sea, tal vez no se trata tanto de andar quemando al santo, ni de dejarlo sin lumbre. El hábito es un recurso bien útil para economizar tiempo y esfuerzos; pero cuando el hábito nos vuelve ciegos o demaciado inconscientes de nosotros mismos o hacia los demás, entonces lo mejor será conciderar la oferta de volvernos un poco más conscientes.

Sutra de la Fe

Puede resultar sorprendente el que aún haya, en esta megalópolis altamente tecnologizada, escéptica y cientificista, personas por acá y por allá que se han clavado en diferentes formatos de espiritualidad, diferentes al Catolicismo institucionalizado y muy cercanos a lo que llaman lo pagano. No por nada viene del Vaticano la preocupación de estar perdiendo feligreces, ya sea en manos de las nuevas sectas express que prometen, con éxito, un mayor sufrimiento y flagelación de lo que la fe cristiana ya aseguraba de per se; o a manos de creencias e ideologías tanto más panteístas como la que profezan los wikanos y otros new agers, en general.

La nueva era. Suena bonito el apelativo, sobre todo cuando te distingue de entre los que tienen credos más convencionales.

Pasó con el Budismo que tubo un boom generalizado. De repente el ir a estudiar Budismo era, básicamente, ir más alla de una religión dogmatizadora. No se trataba de una religíon, sostenían los interesados, sino de una ideología. Y efectivamente. Ser budista ya investía a la persona de un cierto carácterintelectual y tendiente a la izquierda, librepensador y crítico hacia el sistema social.

De ahí que muchos budistas fueran población cautiva de la Condesa, de Coyoacán y, ¿porqué no?, de los cafesitos launch de Polanco. Claro, quien concive a un albañil Budista en el corazón de la Ciudad de México, o una sexo - servidora que de buenas aprimeras te hablara del Karma.

De ahí que pueda seguirse una triste realidad, las alternativas ideológicas existen para quien pueda pagarlas; material o simbólicamente. Si perteneces al Pueblo... pueblo, lo más que te queda es ser Guadalupano o católico ortodoxo. Hay más de los primeros que de los segundos.

La Guadalupana. No me digan que es de catolicismo puro. Nop, lo dudo. La Virgen de Guadalupe tiene tanto punch en México porque es un avatar de la Madre Tierra que desde el orígen aquí, en estas tierras infieles, venía siendo venerada. Cuando es prohibido por el clero tan pagano culto, los indígenas, nada tarugos, solo cambiaron el nombre de las cosas. Ok, dijeron, ahora le diremos Virgen; al cabo que el título sonaba simpático y equivalía a que a todos los habría de querer por igual.

Y como el Catolicismo proveía de un excelente bonche de santitos, pues la opción fué empatar a cada uno de ellos con el dios de las cocechas, con el de los muertos, con el de los amoríos y todo un prolongadísimo etcétera.

Qué, ¿Aun hay quien sostiene que el Catolicismo es monoteísmo por ultranza?

Y de este culto traducido surge magia, magia auspiciosa y frecuentemente de buena fortuna, donde por medio de los Santos y de rituales a la Virgencita la gente se puede hacer de buenos milagros. La fé mueve montañas.

Pero si a satitos vamos, porque no dar un vistazo a los Santeros. Ellos que de inicio vinieron de Cuba y el Caribe y que antes de eso se llegaron de las negras tierras de África, vestidos de esclavos zandungueros.

Los santos. La misma raíz en Haiti se volvió el Vudu, pero en México es un culto mayoritariamente positivo. Con sus magias, sus altares, sus bautizos y rituales para encontrarse con el santito del que se es hijo. Se dice. A mi me cae bien Yemnaya, la orisha o santa del mar, pero cada quien tendrá su preferencia, o mejor aún, cada quien será de la preferencia de algun Santo. Habría que ver.

La cosa se apesta cuando llega el Palo, los Paleros. Esa división de la santería que pone sangre en los altares, que amarra, que va más alla de los santitos para controlar, dicen, las sombras de los muertos que vagan penando en ese limbo. Se dice que les prometen ofrendas de las cuales alimentarse para hacer un trabajito dado. Lastimar a alguien, ocultar algo, matar...

Hacen lo que le llaman magia. México es un país tremendamente mágico, y ya sólo hablñando de las ciudades, porque si nos vamos a la sierra o a la costa la cosa se pone el triple de interesante. Ahí, donde lo prehispánico vive y colea sin el menor empacho, disfrazado, posiblemente de Catolicismo, pues la fé de los Frailes nos llegó hasta abajo de las narices.

Pero de vuelta a la ciudad, por ejemplo, a Veracruz, ¿que tal la Santa Muerte? Esa mujer hermosa que a veces se ve acompañando a sus cultistas, elegante, imponente y fantasmal. Esa que perciben como amante implacable con la que un día partirán en eternas nupcias. Con ella también se hace magia, de la buena y de la mala.

Pero no hay que velo tan ajeno. Los hombres inventaros las plegarias para hacer que cosas pasaran, saltándose la lógica secuencia de las causas y los efectos. Uno le rezaba a diosito y si pegaba, diosito, el santo o los ángeles, que igualmente estan bien de moda, le hacían a uno el favorcito, el milagro, y las cosas volvían a sernos favorables. La magia es fé manifestada, o... ¿es que la fé es mágia práctica?

Vivimos tiempos en los que no se sabe nada del futuro, del pasado nos queremos olvidar a toda costa, y del presente; bueno, de su presente unos saben más y otros no saben nada, pero hay incertidumbre. De repente el impulso sería a desear que alguien nos protegiera, como cuando niños, que una fuerza superior a nosotros nos cobijara y nos dijera que nada pasara, que estamos bien y guarecidos de las interperies del detino. Seria lindo.

Pero no sucede así. Hay que seguir luchando por nuestra cuenta y resignarnos a que ya nadie se hará cargo de las riendas de nuestra vida, que somos los inalienables arquitectos de nuestro destino. Menuda responsabilidad. Mejor soñar con que hay algo allá arriba que cuida de nosotros, que asume nuestros errores -y a veces tambien nuestros éxitos- y recibe nuestras consecuencias. Es ríco, ¿no?, comodo.

Pero ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre. ¿Que tan ciertas son las líneas de arriba? Y ¿si, sí lo hubiera? ¿Que tal que alguien, efectivamente, escuchara cuando entre el silencio de nuestros pensamientros se nos escapa un "Gracias"? O cuando tenemos ese atisbo extraño de todo marchará bien, maigre tout.

Bien. Si esto no es tan correcto y, en efecto, hay un dios que escucha, un santo que atiende o un guardián que se preocupa, entonces no hay que cargarles la mano, despues de todo, quien arribó a este fascinante mundo para aprender es uno.